Orando

Fotografía: Hamed Parham (Creative Commons)

En este Salmo aparece la figura del impío como alguien que desde lo más profundo de su corazón lleno de soberbia, desdeña y desprecia al justo. Este, que es llamado justo porque busca a Dios aun cuando le desconcierta su precaria situación, no deja de esperar en Él aunque, a su vez, el Dios en quien espera pueda aparecer distante e indiferente a su sufrimiento.

El impío es alguien que no busca a Dios. Toda su vida está proyectada a buscarse sólo a sí mismo, únicamente tiene corazón para sus intereses; por lo que podemos aplicarle las palabras que el profeta Isaías en nombre de Dios dirigió a Babilonia: «sede de la impiedad», como así era llamada por el pueblo de Israel. «Te sentías segura en tu maldad, te decías: nadie me ve. Tu sabiduría y tu misma ciencia te han desviado. Dijiste en tu corazón: yo, y nadie más» (Is 47,10).

«Dios no existe» es el lema de Babilonia para crecer en su impiedad a costa de los débiles. «Dios no existe», repite el impío dentro de sí mismo excluyendo a Dios de su proyecto de vida; y no solamente eso sino, además, como continúa el salmo, «el malvado se gloría de su propia ambición»; ambición cuya realización le ciega los ojos hasta el punto de ignorar que a su alrededor vivan hombres-hermanos más débiles que él.

El impío, al excluir a Dios de su existencia, no es que lo esté negando de forma explícita; simplemente vive su vida con la afirmación implícita de que Dios no es en absoluto importante para él, para sus proyectos, para su realización personal.

Es a estas personas que viven de una forma tan superficial a las que el Hijo de Dios dirige estas palabras: «El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama» (Mt 12,30). Palabras en las cuales Jesucristo está anunciando que la relación del hombre con Dios nunca puede ser estática, como si fuera una especie de depósito que hay que conservar. La relación del hombre con Dios es, pues, según Jesucristo, una conexión con Él llena de vitalidad que puede llegar a atrofiarse por falta del incentivo de la savia.

El hombre, al hacer de la búsqueda de Dios lo más importante de su vida, está conectándose a esta savia que provoca un crecimiento continuo de su espíritu; crecimiento que le hace cada vez más apto para sumergirse en la cercanía del rostro de Dios.

El impío, que ha podido recibir los cimientos de la fe, al no dar importancia en su vida al hecho de buscar a Dios, se parece a aquel hombre del cual habló Jesucristo que, al recibir el talento, lo escondió como si fuera un depósito (Mt 25,25), por lo que no conocerá nunca el gozo de Dios.

Volvemos nuevamente al justo que, inmerso en tinieblas y tentado en su confianza, no deja de seguir buscando y gritando a Dios con la certeza profunda de que terminará escuchándole y acercándose a su dolor; y así le oímos decir: «Señor, tú escuchas los deseos de los pobres, les prestas oído y fortaleces su corazón».

Este hombre, en su madurez espiritual, se dirige a Dios con palabras entrañables; palabras que revelan no solamente confianza, sino también intimidad y cercanía hasta el punto de decirle: «les prestas oídos»; es decir, no te ha pasado desapercibido mi sufrimiento y en el momento oportuno te has acercado a mí.

A este respecto, vemos cómo Dios presta oídos hacia el sufrimiento del hombre hasta tal punto que se hizo carne en su Hijo Jesucristo; se acercó a nuestro desvalimiento, palpó con sus manos nuestras heridas y nos levantó hacia el Padre.

Podíamos ver bajo esta perspectiva la parábola del buen samaritano, en la que Jesús nos habla de un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó. Orígenes, Padre de la Iglesia primitiva, nos dice que es la figura de Adán saliendo del Paraíso; es decir, somos todos. Maltratados con las heridas que supone el vivir de espaldas a Dios, no hay nada ni nadie que pueda curarnos. Por eso, el sacerdote y el levita dieron un rodeo. Ni la Ley ni las normas morales pueden levantarnos de nuestra postración.

Y Dios «presta oídos». Él es, en su propio Hijo, el samaritano que se acercó directamente al hombre herido sin dar ningún rodeo. El herido experimenta la cercanía del Emmanuel. El Emmanuel siente la cercanía del hombre y alarga su misericordia hasta lo más profundo de sus heridas curándolas con aceite y vino que, en la Escritura, simbolizan la palabra y los sacramentos (Lc 10,30-34).

«Yo estoy con vosotros», dijo Jesús cuando envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio por todo el mundo. En él está Dios acercándose al hombre herido. Él presta oídos al hombre cada vez que éste se acerca al Evangelio.