Perdón a la mujer adúltera

Perdón a la mujer adúltera (Rembrandt) -fragmento-

El castellano es tan rico en palabras y expresiones, en sinónimos y en antónimos que, a veces, se pueden incluso confundir los términos. Y así, no es lo mismo el malvado que el pecador. Es cierto que el malvado es pecador, pero no siempre es cierto que el pecador sea malvado.

El malvado realiza el mal y el pecador también, pero hay una diferencia fundamental: el malvado realiza el mal y no quiere convertirse. Es lo que Jesucristo denuncia como el pecado contra el Espíritu Santo, del cual anuncia que no tendrá perdón de Dios: “…Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno… (Mc 3, 28-30).

Es lo que decían los escribas, que Jesucristo estaba poseído por Belcebú. Es decir, no creían en Cristo Salvador y, en consecuencia, se negaban a su conversión.

El malvado escucha en su interior un oráculo del pecado… acostado medita el crimen… (Sal 35), dice el Espíritu Santo inspirando al salmista. Es la postura de estar acostado, como la del animal cazador en espera de lanzarse sobre su presa.

Ya hemos visto en otras ocasiones las diversas posturas del hombre: en pie, postura del Resucitado -Jesucristo en la aparición a sus discípulos-; sentado, como Mateo el publicano, en la mesa de los impuestos siendo él como “un impuesto viviente”; acostado, meditando el crimen…

El pecador peca y está por ello el mal en él, pero desea convertirse. No sabe ni cómo ni cuándo, pero su corazón puede estar en camino de conversión. Por eso dirá Jesús: “…las prostitutas y los publicanos os llevan la delantera en el Reino de los Cielos…” (Mt 21, 28-32). Y es que, al menos, saben que son pecadores, pero hay muchos que estando unidos a la Iglesia ya se creen salvados, juzgan a los demás y se consideran los elegidos. Que el Señor nos libre de esa “vanidad espiritual”, mucho más grave que la vanidad corporal.

El Salmo 35 viene en nuestra ayuda: “…Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes, tu justicia hasta las altas cordilleras…”. Misericordia infinita, fidelidad, porque “Él sigue siendo fiel a pesar de nuestras infidelidades” (2Tim 2-13), y su justicia, la que nos “ajusta” a Él, llega hasta las altas cordilleras. Y continúa el Salmo 35: “…los humanos se acogen a la sombra de tus alas… porque en Ti está la fuente viva y tu Luz nos hace ver la luz…”

Las alas de Dios son una metáfora de los brazos abiertos de Jesucristo en la Cruz donde, como alas de águila, abrazó al mundo para su salvación. Su Luz, “como luz del mundo” (Jn 8, 12), “es la que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9).