Elevación del Santísimo Sacramento

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

“Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.” (Lucas 10, 3-39)

 

Hoy prometo

Tu voz, apagada por mi voluntad de hacer, de decir:

“Hoy prometo”, “Hoy me comprometo”, “Verás Señor como hoy….”

Y miro a María, sorda al mundo y a su lenguaje interior.

Derramada y entregada a tus pies.

Vaciada por dentro para llenarse de ti.

Ella no promete, ella no se compromete.

Ella ha encontrado ese lugar en el que sólo se escucha tu voz.

Y, una vez encontrado ese espacio, ocurre que ella desaparece y sólo habitas tú en cada recodo de su alma, ¡Bendita libertad cuando esto ocurre!

Padre, no me dices: “ten la intención de desear mis palabras”, solamente me dices “Deséalas, y yo haré el resto”.

“Inclínate sobre mis pies, sin voluntad y déjame espacio, pero ten en cuenta que mi Palabra choca contra tu ruido, contra tus planes, contra tu idea de quién soy”.

Me dices: “Mi Palabra es para María y para ti también, pero busco almas ligeras. Deja que te tome en mis manos y sople mi aliento”.

¡Aprende a volar, sostenido por la mano de tu Creador!

 
“Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 22, 3-5)