Biblia

Fotografía: monkeyc.net (Creative Commons)

En este Salmo nos encontramos con un hombre justo que está pasando por la prueba de ser objeto de murmuración por parte de los que le rodean. Él sabe que es inocente, y es tal su confianza en Dios que se conjugan en su alma la inocencia y la mansedumbre. De hecho no se defiende frente a nadie sino que se apoya íntimamente en Dios sabiendo que Él le hará justicia:

«Hazme justicia, Señor, pues soy inocente y confío en el Señor sin vacilar. Examíname, Señor, y ponme a prueba, pasa por el crisol mis entrañas y mi corazón; tengo ante los ojos tu amor, y camino en tu verdad». No es, pues, una mansedumbre que nace de la cobardía, que tarde o temprano desemboca violentamente. Se trata de la mansedumbre que en la plenitud de la revelación anunciará el Hijo de Dios: «Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mt 5,4).

El corazón de este hombre está, pues, lo suficientemente preparado para contemplar la belleza del Rostro de Dios. Y así lo manifiesta con estas palabras proféticas: «Señor, yo amo la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria». Él contempla en el templo la irradiación de la gloria de Dios. Vemos cómo el Espíritu Santo le llena de sabiduría, y en él anticipa que el hombre verá un día la gloria de Dios en el templo definitivo que es Jesucristo. «La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14).

Dios ha enviado a su Hijo, y en Él ha levantado el templo donde el hombre deja de ser siervo para convertirse en hijo. Es tal la gloria de Dios que irradia el nuevo templo, que ésta se hace inmanente en aquellos que «le adoran en espíritu y en verdad» (Jn 4,24).

Entendemos por qué Jesús cuando expulsó a los vendedores y a los cambistas del templo de Jerusalén dijo: «Destruid este templo y en tres días yo lo levantaré» (Jn 2,19). Es evidente que hablaba de sí mismo, de su muerte, de su triunfo en la Cruz: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre sabréis que Yo Soy» (Jn 8,28), es decir, conoceréis sin velos la belleza y la gloria de Dios revelada en el misterio de la Cruz. «Yo Soy» es lo que significa el nombre de Yavé.

Volvemos al Antiguo Testamento, y vemos cómo el profeta Ageo denuncia al pueblo de Israel a la vuelta del destierro, que sus preocupaciones consisten en levantar sus propias casas, de forma que no encuentran tiempo ni recursos para edificar el templo que estaba en ruinas. «Así dice Yavé Sebaot: “Este pueblo dice: ¡todavía no ha llegado el momento de reedificar la casa de Yavé!… ¿Es acaso para vosotros el momento de habitar en vuestras casas artesonadas, mientras esta casa está en ruinas?”» (Ag 1,2-4).

Hemos visto a este pueblo preocuparse más de sus asuntos, prosperidad, intereses, de sus propias casas que de edificar la casa de Dios, donde puedan ver su belleza y su gloria.

Jesucristo, en quien se cumplen en plenitud los anhelos del salmista, y que vive y muere para hacer visible a todo hombre la belleza del rostro del Padre, prescindirá incluso de procurarse una casa, puesto que su corazón está pendiente de levantar la casa de Dios, al contrario de estos israelitas a quienes hemos visto denunciados por el profeta Ageo.

En este contexto entendemos la respuesta de Jesús a aquel escriba que se le acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde quiera que vayas. Dícele Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,19-20).

Para Jesucristo es más importante levantar con su propio cuerpo el verdadero y definitivo templo de Dios que afanarse en edificar una casa donde reposar. El Hijo de Dios pudo reposar su cabeza en su muerte, donde brilló en todo su esplendor la gloria de Dios. A partir de este acontecimiento, el hombre puede amar la belleza del nuevo Templo. Está capacitado para amar la sabiduría de Dios, que brilla en todo su esplendor en el santo Evangelio, dado a luz desde el costado abierto de su Hijo, convirtiéndose en Palabra que da «la Vida en abundancia», es decir, contiene en sí mismo la vida eterna.

Podríamos decir que lo que pálidamente experimentaba nuestro salmista al expresar: «Yo amo la belleza de tu casa», hoy lo puede afirmar con propiedad el creyente con estas palabras: «Yo amo la belleza de tu rostro, irradiado en el santo Evangelio». Como dice san Pablo, él es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1,16).

En definitiva, dar prioridad en nuestra vida a la búsqueda de Dios por encima de nuestras legítimas y naturales preocupaciones, esto se llama edificar el templo de la belleza y la gloria de Dios dentro de nosotros mismos.