Alambre

Fotografía: RahulR (Creative Commons)

Este Salmo es una especie de confesión. Un hombre fiel vive un combate interior en su deseo de servir y obedecer a Dios. Jesucristo mismo nos dirá que la vida cristiana se parece a un combate, nos lo expresa con estas palabras: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán» (Lc 13,22-24). Sin embargo, nuestro hombre sufre un tormento interno al ver cómo el impío vive su vida despreocupadamente sin tener en cuenta a Dios; algo así como lo que nos dice el profeta Isaías: «Llamaba el Señor aquel día a lloro y lamento y a raparse y ceñirse de sayal, mas lo que hubo fue jolgorio y alegría… ¡comamos y bebamos que mañana moriremos!» (Is 22,12-13).

La desazón de nuestro hombre fiel queda manifiesta en estos términos: «Yo me dije: Voy a vigilar mi conducta, para no pecar con la lengua; voy a poner una mordaza en mi boca, cuando el injusto esté presente. Enmudecí, guardé silencio. Me contuve de hablar, y mi dolor se volvió insoportable».

¿De dónde le viene a este hombre tal agitación? ¿No será que no vive como el impío por miedo? ¿No es que le gustaría, pero no puede porque la ley se lo prohíbe? Parece que en el fondo y, podríamos decir que inconscientemente, hay una envidia larvada en su corazón. Entonces acude a Dios pidiéndole sabiduría y le suplica: «Muéstrame, Señor, cómo será mi fin, y cuál la medida de mis días, para comprender lo caduco que soy… El hombre no es más que un soplo, el hombre es sólo una apariencia. El hombre va y viene como una sombra y se afana por nada: amontona sin saber quién lo recogerá».

El apóstol Pedro, sobre el mismo tema, exhorta a los cristianos: «Habéis sido reengendrados de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios viva y permanente. Pues toda carne es como hierba y todo su esplendor como flor de hierba; se seca la hierba y cae la flor; pero la palabra del Señor permanece eternamente» (1Pe 1,23-25).

Dios acoge la oración sincera de este hombre haciéndole ver la rebeldía que hay dentro de él, de forma que vuelve a suplicarle, sólo que ahora con profunda humildad: «Líbrame de todas mis iniquidades… Me callo ya, no abro la boca, pues tú eres quien va a actuar».

Rebelde es el pueblo de Israel a lo largo de toda su historia, como vemos, por ejemplo, cuando llegaron a las puertas de la Tierra Prometida: «Partieron y subieron a la montaña; llegaron hasta el valle de Eskol…y nos informaron: Buena tierra es la que Dios nos da. Pero vosotros os negasteis a subir; os rebelasteis contra la orden de Dios» (Dt 1,24-26).

Los profetas son enviados por Dios para denunciar este corazón rebelde del pueblo. Es un tema central en la espiritualidad de Israel. Escuchemos a Isaías: «Por su amor y compasión Dios los rescató: los levantó y los llevó todos los días desde siempre. Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu Santo» (Is 63,9-10). Ante tan grave enfermedad del espíritu de Israel, Isaías clama a Dios así: «¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses!» (Is 63,10).

Todo hombre lleva este estigma dentro de sí: Su rebelión contra Dios, que le impide hacer su voluntad. Y esto porque, a la hora de tomar decisiones, el hombre se siente más inteligente que Dios y por eso actúa por su propia cuenta. Lo que haya que cumplir se cumple. Son cumplimientos que no afectan a decisiones concretas que marcan la vida, como, por ejemplo, la injusticia, la infidelidad, etc.

Jesucristo es aquel que obedece a su Padre. Vive su misión haciendo su voluntad por una simple razón: no se siente más inteligente que Él, y por eso todas sus decisiones están orientadas por la voluntad del Padre. Jesucristo no es rebelde. Él es el Cordero manso. Al encarnarse, Dios dio respuesta al grito angustioso de Isaías: «¡Ah, si rompieses el cielo y descendieses!». El grito del profeta era la proclamación de que solamente Dios podía romper el corazón rebelde del hombre.

Una vez que se rompieron los cielos y Dios se hizo carne en Jesús de Nazaret, Juan Bautista lo presenta al pueblo con estas palabras: «He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). He aquí el hombre manso, el enviado de Dios, aquel que nos dará fuerza para obedecer a Dios anulando nuestra rebeldía. El Hijo de Dios proclamará bienaventurados, es decir, llenos de divinidad, a aquellos que acojan de Él el don de la mansedumbre. «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mt 5,4).

Cada vez que un hombre escucha la Palabra y la acoge en su interior… se vuelven a romper y rasgar los cielos, de forma que el Espíritu del manso cordero anida en el centro del corazón, allí donde están envueltas todas las rebeliones y, como hizo con los demonios, las expulsa.