Curación del ciego

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

“Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida. Y le trajeron un ciego pidiéndole que lo tocase. Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: ‘¿Ves algo?’ Levantando los ojos dijo: ‘Veo hombres; me parecen árboles, pero andan’. Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado veía todo con claridad. Jesús le mandó a casa, diciéndole que no entrase en la aldea”. (Mc 8, 22-26)

Los discípulos de Jesús tienen la experiencia de que con sólo tocarle, quedan curados. En el episodio de la “hemorroisa” se relata este hecho, que recordamos brevemente, pues no es éste el Evangelio que se medita. En esencia es el de una mujer que padece flujos de sangre desde hace doce años y, a pesar de haber gastado todo su dinero en médicos y medicinas, no lograba curarse. Es de señalar que en aquellos tiempos, en el pueblo de Israel, la sangre significaba la vida, de forma que esta mujer perdía la vida a pasos agigantados. Ella se acerca a una multitud que rodeaba a Jesús y toca su manto. El manto también tiene una simbología en la Escritura: representa la “personalidad”, o la “persona”. Recordemos el episodio del profeta Elías antes de ascender al cielo en un carro de fuego, y cómo su acompañante y discípulo Eliseo le pide que al menos, antes de partir, le de las tres cuartas partes de su manto, es decir, de su sabiduría, de su persona.

Jesús se inquieta porque se siente tocado, entre esa multitud. Y pregunta: “¿Quién me ha tocado?…” Porque había salido de él una fuerza que no es de este mundo. Y con esta Fuerza de Jesús, con solo tocar el manto, quedó curada. ¡Qué grande es tu fe! Le dijo Jesús.

Pues con esta experiencia de los apóstoles, le traen un ciego para que Jesús le toque. Jesús lo saca de la aldea, no quiere que le tomen por un milagrero, no desea que le coronen rey… Le saca de la aldea quiere significar que le aparta del mundo en que vive, le lleva a su mundo, el mundo de Dios. Y cogiéndole de la mano, como a un niño, pues ha nacido de nuevo para Dios, le unta saliva en los ojos.

La saliva representa la Palabra que sale de su boca; y la Palabra que sale de su boca nos lleva al Evangelio. Por su Poder, puede devolverle la vista. Jesús le impone las manos, situación que luego retomaría la Iglesia con la imposición de manos llamada “epiklesis”, que es una invocación al Espíritu Santo, para que con su poder realice el milagro. En la Eucaristía dominical, cuando el sacerdote, por el poder recibido de Dios, transforma el agua y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, observemos ese detalle de la imposición de manos sobre el altar, para que sea el espíritu quien realice el milagro. Jesús, con este signo ante el ciego inaugura, por así decir, el signo del envío.

El ciego, a la pregunta de Jesús, dice ver como “árboles” que se mueven. Muchas veces decimos que los árboles no nos dejan ver el bosque. En este caso, el Señor Jesús, por medio del ciego, en el bosque de la vida donde estamos inmersos, no le impide ver el árbol que somos cada uno de nosotros. Y el ciego lo dice elevando los ojos, mirando al que le llevaba de la mano, mirando al cielo.

Hay una consecución de detalles que nos llevan de un lado para otro con distintas notas catequéticas. Es hermosa la Palabra que Dios revela en la Escritura, acercándonos por diferentes cauces al agua Viva de su Mensaje.

En la segunda imposición de manos, el ciego miró. No dice como antes vio, sino miró. Detuvo su mirada. Una cosa es “ver” y otra “mirar”. Es una apreciación minúscula e importante para nuestra vida. Está en sintonía con “oír” y “escuchar”, que son conceptos diferentes, y que, por abuso del lenguaje, nos pueden parecer lo mismo.

Y Jesús, una vez curado, le dice no entrar en la aldea. ¿Y por qué no, entrar? ¿No les agradaría a sus familiares y amigos verle curado? No es eso. La expresión de Jesús es la de “no volver a entrar en su vida anterior”, renacer del agua y del Espíritu.

Adorado y alabado sea Jesucristo.