Vidriera

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Dice el Salmo 118:

“…Tus Manos me hicieron y me formaron…” (Sal 118, 73)

Y el Salmo 138:

“… ¡Tu amor es eterno, Yahvé, no abandones la obra de tus Manos…” (Sal 138,8)

Y yo pregunto: ¿Dónde están las Manos de Dios?

Si tus Manos nos hicieron, si no nos abandonas, si somos obra de tus Manos, ¿cómo es posible que las nuestras se manchen de sangre en las manos de los niños soldados?

¿Cómo es posible que estén extendidas las manos del mendigo, para suplicar limosna, manos heladas cuando las rozas, manos y ojos agradecidos que rehúyes al pasar?

Cuando nuestras manos pecadoras acarician el cuerpo de la joven, que, quizá por necesidad, más que por vicio, cae en ellas para saciar nuestra sed de placer…

Cuando tus manos se extienden ocultando otra mano que te soborna, pensando que nadie te ve, olvidándote del Ojo de Dios…

Cuando observamos las injusticias de este mundo, y miramos para otro lado…

¿Dónde están tus Manos, Dios mío?

Cuando la juventud pierde su vida enterrándola en el alcohol y las drogas…

Cuando la mujer maltratada sufre y llora indefensa ante la brutalidad…

¿Tus Manos, Señor?

Cuando la madre humillada, desconsolada, abandonada, incomprendida… sólo encuentra consuelo en el precipicio del aborto… que en la sociedad infernal se llama INTERRUPCIÓN VOLUNTARIA DEL EMBARAZO…

¿Y tus Manos, dónde están?

El enfermo en trance de morir, es abandonado como estorbo, aniquilado “por la falsa caridad” de un asesinato encubierto que se denomina Eutanasia, en aras de un progreso diabólico… ¿Dónde tus Manos, Jesús?

¿Dónde estás, cuando la sociedad del “primer mundo” abandona a su suerte a miles y miles de personas, que huyen del terror?

Y cuando atendemos a los enfermos infecciosos cuando llegan a Europa, por miedo a la propagación de las enfermedades, pero nos despreocupamos de los que las tienen en África, porque allí no nos contagian… ¿Dónde Señor? ¿Dónde tus Manos?

Cuando veo tus Manos clavadas en la Cruz a causa de mis pecados, y veo las mías llenas de lepra… ¡Señor, ten piedad de mí!

Tus Manos, Señor, son las mías, mis propias manos, que me hicieron y me formaron, las manos que Tú nunca abandonas, para que te sirvan, para que sirvan a mis hermanos. Así estás siempre con ellos, con nosotros, conmigo.

¡Esas son tus Manos, Señor!

¡Señor Jesús, no abandones nunca la obra de tus Manos! (Sal 138,8)

Alabado sea Jesucristo.