Flor flotando en una piscina

Fotografía: alondav (Creative Commons)

Madrid 35º C, piscina, toalla, socorrista y… ¡Zas! Al agua sin pensar. Cuando saqué la cabeza, vi cómo las ondas de agua, ceñidas a mí, se extendían a todo lo largo de la piscina… No eran olas, eran ondas en círculo…

El agua rebosó el borde de cemento, llegando incluso a salpicar a alguna persona sentada en la escalerilla.

Reconocí la consecuencia de mis movimientos. Ondas circulares separadas que chocaban con cualquier bañista. Les produje un roce, tal vez suave o insignificante, pero era yo, mi ser el causante. Lo mismo sucedía con las ondas de los demás hacia mí.

Y pensé que todo lo que hiciera en la tierra produciría efectos en los demás, las ondas lo demostraban físicamente. Imposible ocultarlas aunque yo deseara que no se vieran… La vida se había convertido en una piscina llena de ondas y a veces olas.

Eran reales, no podía pararlas. Palpé mi actitud, los efectos y las consecuencias… Allí estaban, esta vez, inocentes, sin maldad, pero… Otras no lo son y, el desenlace de una actitud puede acabar saltándose el bordillo, ahogando el césped que lo circunda. No, no siempre somos buenos.

No podemos esconder los actos, son hechos; no podemos tapar sus consecuencias, son los frutos. La vida es como una piscina, un mar, un lago, donde todo se expande; hasta un dedo de la mano que tocara el agua tendría su repercusión.

Hagamos ondas geniales con la ayuda de Dios -porque ondas sin genialidad ya las hacemos por nuestra cuenta- y Dios nos compensará con un roce suave de su gran amor.

Amigo, cada vez que “te tires al agua” verás tus movimientos convertidos en ondas, entonces, piensa que yo escribí para ti deseándote que aquellos a quienes rocen tus ondas, te miren siempre con gratitud.