Icono de la Virgen María

“Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» – que quiere decir, Cristo.” (Jn 1, 40-41)

 

No quise aceptar

No quise aceptar que fueras como hablaban de ti.

Supe siempre que tú estabas debajo de todo aquel oropel y adorno con el que te describían y que solamente me encontraría contigo si tú querías decirme dónde te hallabas.

Tarde ocurrió pero un día, quisiste decirme quién eras y fue porque vi tus ojos, mirando con esa fe inquebrantable a Jesús cuando, caminando por el mundo, abría poco a poco las puertas de la Vida.
Te vi acompañando a los apóstoles, alentando su desesperanza, en silencio, dedicando tu vida a comprender el “Sí” que diste.

Y en esa mirada, te descubrí mirándome, diciéndome: Soy yo.

Desde entonces, supe que contaba contigo para caminar, te escuché llegar en noches de angustia y desasosiego, oí tu voz cuando la duda me paralizaba, sentí tus manos cuando tomabas mis manos y me decías: Nada ocurrirá porque estoy aquí.

Entonces, supe que te había encontrado, que mi intuición era cierta.

Supe que no necesitas que te adornemos. Que tu belleza viene de ser la Madre de Dios y que Él mismo te nombró nuestra madre.

Igual que, arrodillada y sobrecogida por tanta belleza, dijiste sí, quiero aprender a arrollidarme y sobrecogerme ante ti y cogerte de las manos para que caminemos juntas, tú que conoces el camino: el único camino que nos lleva a la Eternidad.

 
“Porque así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas.” (Ez 34, 11-12)