Pan

“Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias. Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación, si es que habéis gustado que el Señor es bueno.” (1 Pe 2, 1-3)

 

Pan a los hijos que te lo piden

Ayer, hoy, mañana, Señor, tú con la mesa puesta, esperando por mí. Esperando a ese momento íntimo en que te escucho y crezco, y desaparece el miedo, y la angustia, y la sinrazón de la vida se convierte en razones para vivir.

Tu mesa, siempre preparada para el encuentro, solo porque ayer te pedí pan. Bastó un día, un solo día en que mi voluntad necesitó de ti, para que una ventana eterna se abriera y tú me ofrecieras esa mesa, que recogió mi alma y la hizo descansar.

Tú y tu pan, tú incansable, sosteniendo con tu tesón, la inconsistencia de mi voluntad. Tú, lugar donde regresar, hogar con la mesa puesta, donde todo está explicado, donde no tengo más que sentarme, escucharte, y descansar.

Tú, refugio de días cansados, y tu pan, reconfortando mi existencia, cansada tantas veces y de regreso del mundo, de la vida, a donde he acudido buscando otro pan.

Solo suena la vida limpia y nítida en tu compañía. Solo se disipa el miedo y la soledad en esa mesa que me ofreces cada día, Señor.

Recuérdame hoy también y, no te canses. Dime que hoy, una vez más, tu mesa preparada espera por mí a nuestro encuentro.

 
“A tu pueblo, por el contrario, le alimentaste con manjar de ángeles; les suministraste, sin cesar desde el cielo un pan ya preparado que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos. El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos pues, adaptándose al deseo del que lo tomaba, se transformaba en lo que cada uno quería.” (Sab 16, 20-21)