Biblia

Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

«Vino la palabra del Señor a Ezequiel, hijo de Buzi, sacerdote, en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar.»

«Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos…»

«En medio de estos aparecía la figura de cuatro seres vivientes; tenían forma humana, cuatro rostros y cuatro alas cada uno…»

«Su rostro tenía esta figura: rostro de hombre, y rostro de león por el lado derecho de los cuatro, rostro de toro por el lado izquierdo de los cuatro, rostro de águila los cuatro. Sus alas estaban extendidas hacia arriba: un par de alas se juntaban, otro par de alas les cubría el cuerpo. Los cuatro caminaban de frente, avanzaban a favor del viento, sin volverse al caminar…»

«Sobre la cabeza de los seres vivientes había una especie de plataforma, brillante como el cristal, extendida por encima de sus cabezas…»

«Y oí el rumor de sus alas, como estruendo de aguas caudalosas, como la voz del Todopoderoso, cuando caminaban; griterío de multitudes, como estruendo de tropas; cuando se detenían, abatían las alas…»

«Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una especie de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre…»

«Estaba nimbado de resplandor. El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve. Era la apariencia visible de la gloria del Señor.»

Ezequiel 1, 3-14.22-28a (*)


Reflexión

Lo primero que llama la atención es la expresión «la mano del Señor». Ezequiel no conoce a Jesucristo, aunque veremos que intuye sus cuatro Evangelios. Por tanto, el título de «Señor» se refiere al Padre Dios. Y observamos que su mano se apoya sobre él. Nos recuerda la forma en que los judíos contemplan la intervención de Dios en el hombre, a través de su mano. Ya en otro texto comentábamos cómo los judíos piadosos tapan su cabeza con la kipá como signo de la protección de Yahveh sobre ellos.

Ezequiel observa cómo se produce la llegada de Dios como un viento huracanado, un zigzagueo de relámpagos. Es la misma sensación que tuvo el profeta Elías en el Monte Carmelo (1 Re 19, 9-15). Y aparecen «cuatro seres vivientes», cada uno con diferentes características: rostro de hombre, rostro de león por el lado derecho de los cuatro, rostro de toro por el lado izquierdo de los cuatro, rostro de águila los cuatro. Son los cuatro símbolos que más tarde empleará la Iglesia para «marcar», a modo de icono, a los cuatro evangelistas.

Mateo es simbolizado como ángel, pero como imagen de un hombre con alas. Es una imagen muy importante porque el Evangelio de Mateo comienza con la genealogía de Jesús, como descendiente de David y de Abraham.

Marcos como el león y es que su Evangelio comienza con la predicación del Bautista en el desierto, lugar donde habitan las fieras, pero, sobre todo, donde se producen los grandes acontecimientos. Recordemos que es en el desierto donde se produce la salida de la esclavitud o las tentaciones de Jesús.

Lucas como el toro. El Evangelio de Lucas comienza con la visión o profecía de Zacarías en el templo de Jerusalén, lugar habitual de sacrificio de los animales, vacas, ovejas, etc.

Y Juan como el águila. La imagen del vuelo del águila, en su ascenso, recuerda el prólogo del Evangelio: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…». Es un crecer ascendiendo hacia el cielo, de la misma forma que refiere los tres conceptos de existir, estar junto a y ser.

El profeta Daniel también refiere una visión de cuatro seres en lo llamado «El sueño de Daniel: las cuatro bestias» (Dn 7, 1-15). En el versículo 13 hace una alusión a la llegada sobre las nubes del cielo de uno como «HIJO DE HOMBRE». Es esta una expresión que siempre, desde los tiempos primitivos, se ha estudiado por los exégetas (estudiosos de la Biblia), como referencia mesiánica a Jesucristo. Él mismo lo recordará en muchas ocasiones: «…el Hijo del Hombre ha de padecer mucho…» (Lc 9, 22).

Por último, también retomará estos textos el apóstol Juan en su Apocalipsis (Ap 4, 1-11) de los cuatro vivientes.


(*) Se ha acortado el texto completo de los versículos, por su amplitud, pero se recomienda su lectura completa.