El nuevo Adán

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Muchas veces me he hecho esta pregunta. ¿Se condenarían Adán y Eva por su pecado? En la fiesta de la Pascua, el “paso del Señor”, que es lo que significa “la Pascua”, concretamente la noche del Sábado Santo, la Iglesia, reunida en comunidad entona: “…Oh feliz culpa que nos mereció tal Redentor…”

¡Qué gran verdad! El pecado de nuestros padres nos mereció la Misericordia infinita del Padre enviándonos a su Hijo Jesucristo. ¡Gran misterio de Amor éste!

Pero la pregunta sigue en el aire. ¿Qué ocurrió con Adán y Eva? Cuando Cristo muere, es una dormición que rescata a los que dormían desde antiguo. Dios muere en la carne y su alma baja en busca de los que antes que él durmieron en su Paz.

Cristo busca ahí a la primera oveja perdida, a nuestro padre Adán. Busca “a los que viven en tinieblas y sombras de muerte” (Lc 1, 68-79) como nos recuerda el bellísimo Canto del Benedictus, engarzando el Antiguo con el Nuevo Testamento en un coro de ángeles.

“Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz”, pudieran ser las palabras de Jesús, muerto en la carne y resucitado en el Espíritu al encontrarse con Adán.

Dios ha salvado del poder de las tinieblas a todos los hijos que hizo nacer de Adán, no perdonando a su Hijo, perdonando en Él a todos sus descendientes.

“¡Levántate de entre los muertos, pues Yo Soy la vida de los muertos, tú eres la obra de mis Manos, imagen Mía, creado a mi semejanza!”

Por ti me hice hombre, bajé a la tierra, y he descendido al abismo; por ti, que fuiste expulsado del huerto del Edén, he sido entregado a los judíos en el huerto, y allí he sido crucificado. Mira los salivazos de mi cara, los golpes en mis mejillas, los azotes en mis espaldas… para que tú no tuvieras que soportarlos… mira los clavos en mis manos y mis pies, que yo no miraré las tuyas cuando las extendiste para coger el fruto del pecado… Fui traspasado por la lanza del soldado, mientras del tuyo saqué tu compañera… Ahora mi sueño (mi descenso al infierno) te saca del abismo.

Yo Soy el verdadero árbol de la Cruz, mientras tú eras engañado por la serpiente vil con un árbol imagen del verdadero. Yo Soy la Vida y la Sabiduría que tu pretendías encontrar por un camino que no era Yo. Yo Soy ese Camino donde está la única Verdad, pues Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Y del querubín que envié para que te expulsara del Paraíso, te envío ahora otro que reconozca tu dignidad, porque he muerto para salvarte. Ahora está abierta toda la Eternidad, yo tengo las llaves del Cielo.

Estos pensamientos proceden de una Catequesis antigua, anónima, que se recita la noche de Pascua. Bien pudo ser el pensamiento de algún cristiano de los primeros tiempos de la Iglesia… no se sabe. Pero nos permite meditar sobre el perdón de Jesucristo que “bajó a los infiernos” para rescatar a los que esperaban su Santo Advenimiento. Las puertas del Cielo estaban cerradas, y Él con su llave de Amor infinito, rescató a la Humanidad caída representada en nuestros primeros padres Adán y Eva.

(Pensamientos recogidas de una Catequesis antigua anónima sobre la noche de Pascua)