Fe, esperanza y caridad

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Este salmo anuncia a Jesucristo como aquel que, por su obediencia al Padre, revelará al hombre la dimensión de su relación con Dios basada en la verdad. «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído. Tú no pides holocaustos por el pecado. Entonces yo digo: Aquí estoy –como está escrito en el libro– para hacer tu voluntad».

El profeta Jeremías, llamando a conversión al pueblo de Israel, les dirá que, lo que Dios les mandó, no fue nada referido a holocaustos y sacrificios, sino estar de cara a Dios escuchando su palabra. «Cuando yo saqué a vuestros padres del país de Egipto, no les hablé ni les mandé nada tocante a holocausto y sacrificio. Lo que les mandé fue esto otro: Escuchad mi voz y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, y seguiréis todo camino que yo os mandare, para que os vaya bien. Mas ellos no escucharon ni prestaron el oído, sino que procedieron en sus consejos según la dureza de su mal corazón, y se pusieron de espaldas que no de cara» (Jer 7,22-24).

Escuchar con el oído abierto es la actitud del Hijo de Dios, es, como dice el libro del Deuteronomio, escuchar la palabra de Dios con todo el corazón y con toda el alma. «Si vuelves a Yavé, tu Dios, si escuchas su voz en todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, Yavé, tu Dios, cambiará tu suerte, tendrá piedad de ti…» (Dt 30,2-3).

Escuchar a Dios que te habla, con todo tu corazón y con toda tu alma, es lo que hace posible que el hombre pueda un día llegar a amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma, tal y como nos viene expresado en las palabras del Shemá: «Escucha, Israel: Yavé, nuestro Dios, es el único Yavé. Amarás a Yavé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,4-6).

Jesucristo, porque escucha a su Padre con todo su corazón y con toda su alma, vive en un permanente gozo con Él. Esta complacencia viene expresada en el salmo: «Dios mío, yo quiero llevar tu ley en el fondo de mis entrañas». El hombre recibe este don de disfrutar y gozarse en Dios por medio de Jesucristo. Dice Jesús a sus discípulos: «Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11).

Vuestro gozo sea colmado, es decir, vuestras ansias de vivir están todas ellas contenidas en el Evangelio. En él tenéis la plenitud total, como personas, en todos vuestros deseos y proyectos de vida. Dios es nuestra plenitud y, cuando los profetas nos exhortan a volvernos a Dios, están preanunciando que un día el hombre podrá volver todo lo que es su vida hacia el Evangelio, pues en él está el Dios vivo.

La mutua complacencia que tienen Jesucristo y el Padre por la Palabra que fluye entre ambos, provoca una presencia común e ininterrumpida, lo que hace que Jesucristo no sienta nunca la soledad, aun en medio de sus pruebas y tentaciones. «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29).

Esta presencia continua del Padre en Jesús es lo que atestigua a su alma de que vive por el Padre. Escuchémosle: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Jn 6,56-57).

Los santos Padres de la Iglesia primitiva llaman a esta comida y bebida la luz que ilumina los misterios: el de la Palabra y el de la Eucaristía. En ambos misterios está presente la divinidad de Jesucristo. Dice san Ambrosio: «No solamente bebéis la sangre de Cristo al participar de la Eucaristía, sino también al escuchar y acoger el santo Evangelio».

Volvemos al salmista y le oímos decir: «He proclamado tu justicia en la gran asamblea, y no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes». Expresa que no ha podido contener sus labios; por eso, de sus entrañas hacia fuera, le ha salido la predicación algo así como una necesidad imperiosa. Y así es: Si su gozo en Dios ha llegado a su plenitud, es entonces cuando se cumplen las palabras de Jesús: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34).

Por eso la predicación del Evangelio, no es una obligación o una meta que se haya propuesto la Iglesia. Nace de un corazón lleno, de alguien en quien el gozo de la Palabra, llena de vida, ha llegado a su plenitud. La audacia de estos hombres y mujeres llenos de la palabra, es decir, de Dios, no conoce obstáculos ni fronteras; si se les cierra una puerta, encontrarán otra y anunciarán la Buena Nueva porque saben por experiencia que, solamente así, el hombre recupera su dignidad. Predicación proclamada sin fanatismos; de lo contrario, el anunciador, más que ser un enviado de Dios, se presenta como defensor de sus propias ideas.