Cristo Redentor de Río de Janeiro

Fotografía: Pedro Moura Pinheiro (Creative Commons)

El presente salmo es un himno a la providencia de Dios vista desde esta perspectiva constatable: mientras todo lo visible pasa, incluidos los reinos y poderes de este mundo, Dios permanece para siempre, y con Él los hombres que han incubado la Palabra en su interior. Por eso el salmista invita al pueblo a gritar de júbilo y a salmodiar con variados instrumentos la acción de gracias a Dios. «Alabad, justos, al Señor, la alabanza es propia de los rectos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. Cantadle un cántico nuevo, tocad con maestría en el momento de la oración».

El pueblo de Israel es consciente de que la obra que Dios hace con sus hijos es firme y estable por todas las generaciones; mientras que los planes y proyectos de los pueblos y naciones, tarde o temprano quedan frustrados. «El Señor deshace los planes de las naciones y frustra los proyectos de los pueblos. El plan del Señor permanece para siempre, los proyectos de su corazón de generación en generación».

El profeta Isaías exhorta al pueblo a no desmayar en su confianza en Dios, pues Él es más fuerte que todos los opresores y ha dado a Israel una garantía –mi pueblo eres tú–. «Yo, yo soy tu consolador. ¿Quién eres tú que tienes miedo del mortal y del hijo del hombre, equiparado a la hierba? Olvidas a Yavé, tu hacedor, el que extendió los cielos y cimentó la tierra, y te estás despavorido todo a lo largo del día ante la furia del opresor… Yo he puesto mis palabras en tu boca y te he escondido a la sombra de mi mano, cuando extendía los cielos y cimentaba la tierra, diciendo a Sión: mi pueblo eres tú» (Is 51,12-16).

El salmista se siente privilegiado por ser hijo del pueblo de Israel porque, al margen de que sea una nación más o menos poderosa o influyente respecto a los países de su entorno, es el pueblo de Dios. «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como heredad».

Jesucristo, que ha venido a unir todos los pueblos bajo el mismo Dios, rompió con su muerte y resurrección el muro que separaba a lo que simbólicamente la Escritura llama los dos pueblos: el escogido, es decir, Israel, y los gentiles, que no habían recibido la revelación de Dios. «Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno derribando el muro que los separaba, la enemistad… para crear en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, haciendo la paz…» (Ef 2,14-15). Es un pueblo universal, no está circunscrito a ningún límite geográfico. El signo de identidad de sus hijos es que son uno en Cristo Jesús. «En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,27-28).

Todos los hombres y mujeres que pertenecen a este pueblo, permanecen para siempre pues, habiendo acogido la palabra de Dios, llevan el sello de la eternidad, es decir, no son como la flor o la hierba del campo. «Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo… la hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Is 40,6-8).

Jesús, en la parábola de la vid y los sarmientos, afirma que Él permanece en el amor del Padre porque ha guardado sus mandamientos, es decir, su Palabra; y, así mismo, garantiza la permanencia de sus discípulos en su amor si también ellos guardan las palabras que les ha transmitido como enviado del Padre. «Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,10-11).

Es la esperanza de vivir un día en plenitud este amor de Dios, lo que inspira al salmista la conclusión de este himno majestuoso a la providencia de Dios. Nosotros esperamos al Señor, Él es nuestro auxilio y escudo. En Él se alegra nuestro corazón, en su nombre santo confiamos. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti».

Los Apóstoles tenían conciencia muy profunda de la novedad que suponía para ellos y para el mundo entero la revelación de Jesucristo. Cómo, el ansia fundamental de todo hombre, que es amar y ser amado, tenía en Él su plenitud. Por eso esta auténtica novedad para el hombre era un punto central en su predicación, como lo vemos, por ejemplo, en este texto de la primera Carta de san Juan, donde se identifica el vivir el amor de Dios con la victoria sobre el mal. «Os he escrito a vosotros, hijos míos, porque conocéis al Padre. Os he escrito, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al Maligno» (1Jn 2,14).