Misa

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

1. “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Adelantamos el menú de la cena: Palabras de vida eterna. Por supuesto que este menú corre a cargo de Jesús.

2. Caemos confiados en los brazos de aquellos a quienes adoramos. Los brazos de Dios acogen y aprietan. Los de los ídolos oprimen hasta asfixiar el alma.

3. Dice Jesús: “Como el Padre me envió, también os envío yo a vosotros” (Jn 20,21). Nos envía así para que demos, gracias a Él, vida en abundancia a los hombres (Jn 10,10).

4. Dios es belleza infinita siempre expuesta a la maledicencia de aquellos que, habiendo renunciado a las potencialidades de su espíritu, dogmatizan sobre lo que es bello o no.

5. Un discípulo de Jesús al hacer su obra no está neuróticamente pendiente de que le aplaudan o reconozcan. Se sabe muy bien pagado por haber hecho algo que le sobrepasa infinitamente.

6. La fe crece al ritmo del crecimiento de la Palabra de Dios en ti, y se cumple en la misma medida en que pones en ella tu confianza.

7. La raíz de la infidelidad de un hombre con Dios es la misma que la de los apóstoles cuando Jesús fue llevado a juicio. Buscaban en Él las glorias y los honores propios del mundo.

8. La única tensión que podemos vivir sin agotarnos es la de crecer ininterrumpidamente como discípulos de Jesús. Además es una tensión que nos hace más lúcidos y perspicaces.

9. Lo que aún queda por descubrir de María de Nazaret es muchísimo más que lo que se nos ha dicho a través de sus apariciones. La esencia de María está oculta en el Evangelio.

10. No es lo mismo vivir que sobrevivir. Los verdaderos buscadores de Dios terminan encontrándole y reciben de Él la vida. No hay mayor fracaso existencial que el de conformarse con la supervivencia.

11. Nos emocionamos al oír a Pablo “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Para que esta confesión de fe no quede en una simple sensiblería, sepamos que Jesucristo se identifica con su Evangelio (Mc 8,35).

12. ¿Perdonar siempre como dice Jesús? Esto sólo lo entiende el que ya sabe que sus palabras son la vida de su alma. Lo sabe como experiencia fraguada en el horno de su corazón.

13. Dice san Agustín que los que se detienen en el camino del seguimiento a Jesús ya están muertos. Si cayéramos mil veces, tendríamos que tener el miedo de no levantarnos sin ánimos de continuar.

14. Un buscador de Dios rechaza vivamente palabras extrañas a su alma. Y es que justamente por ser buscador de Dios, desea palabras más allá de la sabiduría de los hombres, busca palabras de espíritu y vida (Jn 6,63).

15. Las palabras añejas, almacenadas en un archivo, son como la comida que se saca para recalentar, no satisface a los que tienen hambre de Dios.

16. Sin la experiencia de Dios, un hombre enfermo es sólo un hombre enfermo. Con Dios en su interior, el mismo hombre sigue teniendo la enfermedad, mas no la enfermedad a él. A él le tiene y sostiene Dios.

17. Cuando Dios nos visita, siempre trae algo en sus manos. No le cabe en la cabeza entrar en nuestra vida sin crear algo nuevo en nuestra alma. Así es Dios.

18. Decían los Padres de la Iglesia primitiva que buscar a Dios ya es amarle. Es que no hay búsqueda de Dios sin que la primavera irrumpa en el corazón. Esta Primavera es para los que así se aman.

19. ¿Cuándo daremos libertad a nuestra alma para correr presurosa al encuentro de aquello que más se asemeja a ella? Es que suspira por vivir abrazada a la Belleza infinita.

20. Nuestra vida interior no tiene que ver mucho con palabras, sino más bien con la Palabra por excelencia: el Evangelio del Hijo de Dios. Jesús será tan importante para ti como lo sea su Evangelio.