Iglesia

Fotografía: Xiumeteo (Creative Commons)

1. El temor de los amigos de Dios es como una puerta que les da acceso a su Amor, a su Gloria. El temor de los que están atados a sí mismos les aboca a un callejón sin salida.

2. ¿De qué le sirve a un hombre ganar su vida si echa a perder su alma?, dice Jesús (Mc 8,36). El discípulo de Jesús sabe apreciar su vida y su alma, y por eso le sigue.

3. Lo más sangrante de un hombre que se afana por la vanagloria es el malgastar su existencia por unas migajas que se las lleva el tiempo.

4. Muchos son los que amarran su vida a dioses muertos como Israel al becerro de oro. La vida nos viene de seguir al Dios vivo, como dice el salmista (Sl 42,5).

5. Sólo hay una forma de saber si somos hijos de la verdad o de la mentira. Jesús nos la dice: “Si os mantenéis en mi Palabra conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).

6. Un hombre hambriento de Dios es un peligro para el príncipe de este mundo, pues este tipo de hambre es contagioso.

7. Cultivar el espacio del alma como el recinto sagrado en el que Dios se sienta a gusto contigo y tú con Él. Lo llamaremos el espacio del Encuentro.

8. Cuanto más se leen las Sagradas Escrituras más se despierta el sentido del gusto en el alma, y nada más sublime que un alma que ha aprendido a saborear a Dios.

9. Todos tenemos la experiencia de habernos cansado de algo que un día nos pareció único y definitivo. El amor a la Palabra no sólo no se desgasta sino que, como dice san Gregorio Magno, crece sin cesar.

10. La espiritualidad de la Palabra es infinitamente mayor que cualquier otra. En ella el discípulo busca oír a Dios y, a su vez, Él busca al discípulo que sabe escucharle.

11. Basta que una sola vez un hombre haya descubierto la Presencia viva del Hijo de Dios en su Evangelio, para no soltarlo de sus manos; porque una Presencia llama a otra, y así sucesivamente.

12. Muchas personas se sienten fascinadas por el ocultismo pagándolo muy caro, incluso con desequilibrios psicológicos. Es triste que no hayan cultivado la fascinación por el Misterio de Dios escondido en el Evangelio.

13. El encanto que emana de las Escrituras reside en las inagotables aguas vivas que corren por ellas; y quedamos encantados, no como en las fábulas, sino real y verdaderamente.

14. San Agustín habla del Rostro inmaterial de Dios que está impreso en su Palabra. Lo descubren aquellos cuyo deseo es mayor que todos los impedimentos que le salen al paso. Nada les impide ir al encuentro de su Dios.

15. Para los pusilánimes no llegar a conocer profundamente a Dios es traumatizante; para los que le aman es un reto que les impulsa a buscarle con mayor intensidad.

16. Cada vez que damos a Dios un sí en algo concreto, Él coloca un cristal en la sublime vidriera que está construyendo en tu alma; vidriera que podríamos llamar celeste, porque en ella se refleja su Rostro.

17. En nuestro orgullo nos jactamos en proclamar que no pertenecemos a nadie, y es mentira. Dadas nuestras carencias, o pertenecemos a nuestros diosecillos o a Dios, cada cual escoge.

18. Nadie hay tan pobre que no pueda sembrar en el alma palabras de vida sacadas del Evangelio. En lo que respecta a la cosecha, se la dejamos a Dios que ama tiernamente a estos sembradores.

19. Urgencias y más urgencias, continuamente nos estamos moviendo de un lugar a otro, de una actividad a otra. Creemos que hacemos mucho cuando, en realidad, nos movemos tanto para olvidar nuestros vacíos.

20. Señor Dios mío ¿cuándo vas a reconstruir mis ruinas? Aquí estoy, toma las piedras desperdigadas y construye con ellas un templo interior para ti en mi corazón.