Antonio María Claret

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. La fe tiene que ver con el ir y el venir. Un ir del hombre a la Palabra, y un venir de ésta al hombre. Este doble movimiento engendra la fe que agrada a Dios.

2. No hay mucha diferencia entre el amor con el que María tomó entre sus brazos a su hijo, Hijo de Dios, y el que toma amorosamente entre sus manos el santo Evangelio.

3. Escribe san Alberto: “La Palabra de Dios permanezca en toda su riqueza en vuestros labios y en vuestro corazón”. No hay duda de que este santo tuvo un buen Maestro: el Señor Jesús.

4. Nadie puede tener a Jesucristo como Buen Pastor si no lo tiene también como buen Maestro. Jesús, el que nos alimenta con sus palabras, es el que también nos las explica.

5. Si quieres sentir la atracción de todo tu ser hacia Dios entra con humildad en el Evangelio. Sentirás cómo te va atrayendo. Es Dios mismo el que está tirando de ti hacia Él.

6. Dice san Agustín que el Evangelio que salió de los labios de Jesús se fraguó primeramente en su corazón. Es cierto, “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34).

7. Todas las religiones, culturas y hasta la misma naturaleza llevan consigo huellas de Dios. Pero conocerle, tener acceso a su Misterio, está reservado a los que ponen su alma y corazón en el Evangelio.

8. Si tomásemos conciencia de que podemos encaminar nuestra alma hacia su muerte (Sb 2,23-24), daríamos más importancia al Evangelio que incluso al aire que respiramos.

9. Jesús habla de diez vírgenes, cinco necias y cinco sabias (Mt 25,1…). Las sabias son las que beben de las aguas de la Palabra; las necias se conformaron con los cantos de sirena.

10. Decir que la Palabra de Dios vivifica ha de ser mucho más que un titular. Vivifica lo que eres tú como hombre orante, trabajador, social y solidario. Discípulo y Palabra de Dios es una aleación tan necesaria como perfecta.

11. “Hemos visto y oído”, dicen los apóstoles a los ancianos del Sanedrín que pretendían prohibirles anunciar al Señor Jesús. Hemos visto y oído, volvemos a decir los que le anunciamos hoy.

12. Es imposible impregnarnos del espíritu del Evangelio si nuestro oído no es suyo, sí, del Evangelio. El que no sabe escuchar a Dios tiene sus oídos muy lejos de su Evangelio.

13. “El Evangelio es el espejo puesto ante los ojos de nuestra mente para ver nuestro rostro interior”. San Gregorio Magno. Bienaventurados los que alcanzan a ver así las primicias de su inmortalidad.

14. Ir a la Palabra con cierto resabio de entendidos hace que toda nuestra dedicación a ella corra el peligro de malograrse, con el riesgo de que la predicación sea estéril.

15. La espiritualidad seria y profunda de la Palabra lleva al que la vive a una teofanía semejante a la que vieron los apóstoles en el Tabor. Un hombre con esta espiritualidad alcanza a ver la Palabra transfigurada, es decir, con el resplandor de Dios.

16. Una persona a la que se le han perdonado los pecados en la confesión ya no es la misma; como tampoco es el mismo quien sale de un hospital después de haberse curado.

17. Una buena comida se aprecia cuando es degustada. Así pasa con la Palabra, se degusta con pasión cuando la dejamos entrar hasta el alma.

18. Hay que crear espacios para todo: para la cultura, el ocio, el deporte, las artes; pero si no cultivamos el espacio del alma, los anteriores se pueden volver contra nosotros.

19. ¡Cómo brillan las coronas de la arrogancia! Su resplandor nos atrapa introduciéndonos en oscuridades insoportables. Señor, concédenos apreciar tu luz eterna.

20. El mismo Satanás que nos promete la libertad termina encerrándonos en nuestros miedos. Escuchemos a Dios que nos dice: “¡No temas, no receles, que yo estoy contigo!” (Is 41,10).