Niña en un campo de lavanda

Reflexión al salmo 23

“…Preparas una mesa ante mi enfrente de mis enemigos
Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa…”

Quizá esté un poco “difícil de comprender” esta expresión de: “ungir la cabeza”. Hay que tener presente que el lenguaje de los Salmos, casi todos de David, es un lenguaje oriental, muy propicio a acompañarlo con imágenes, y adecuándose a los usos, modos y costumbres de su tiempo, un tiempo en que la industria casi no existía, al menos como en los tiempos actuales, sino que las gentes eran fundamentalmente labradores y pastores.

Y es que ocurre, hablando con estos últimos, que las ovejas y los carneros, más los segundos que las primeras, por eso de “los cuernos”, se enredan en las zarzas cuando dan topetazos… y eso produce heridas; heridas que luego son martirizadas por multitud de insectos, que, además les producen dolor y enfermedades.

Es entonces cuando el pastor, les rocía con aceites la cabeza al objeto de sanar las heridas y evitar el ataque de los insectos.

Se me ocurre pensar que esta imagen, ya pasando al lenguaje de hoy, la podemos interpretar así: No podemos olvidar que el salmista, en este caso el rey David, se ha metido en el pensamiento y sentimiento de la oveja pastoreada por Jesucristo, el Único Pastor.

David no conoce aún a Jesucristo, se refiere a Dios Yahvé.

Y la oveja, -nosotros-, es consciente de ese pastoreo. Y ocurre que en nuestro caminar por esas “cañadas oscuras” que nos recuerda el Salmo, no tenemos miedo porque Él va con nosotros. Es nuestro Emmanuel (Dios con nosotros). Y también es, -en palabras hebreas-, nuestro Ithiel, que significa: Dios conmigo.

En nuestro caminar por la vida, ¡cuántos golpes nos damos en la cabeza por nuestros pecados y negligencias! Somos un pueblo de “dura cerviz” (Ex 32, 9)

Somos como esa oveja dañada con la cabeza llena de heridas, en la que se ensañan los enemigos de Dios, los hijos de Satanás.

Sin embargo, el ungüento que se da a las ovejas no es el mismo que propone el Señor. Él, a sus ovejas, las unge con “perfume”. Es el perfume del Espíritu Santo.

Como dice Pablo: “…Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan, y entre los que se pierden: para unos ‘olor de muerte’ que mata; para los otros, olor de vida que vivifica… (2 Cor 2,15)

Pero Él prepara una mesa ante mí, la Mesa del Altar donde celebramos el Sacrificio de la Muerte y Resurrección de Cristo, el Sacramento de los Sacramentos, donde Dios se hace presente. Y lo hace “enfrente de mis enemigos”, para que todos lo vean.

Y nos unge con ese Perfume de “Aceite Santo” que es el Espíritu Santo. Con este Perfume perfuma mi cabeza… Y así se cumple perfectamente el Salmo, como Palabra inspirada por Dios a David.