Pareja sujetando unos zapatos de bebé

Hay una realidad evidente: todos somos hijos de alguien. Algunos hemos llegado a convertirnos también en padres de otros. A pesar de recaer sobre nosotros la responsabilidad de educarlos, enseñarlos y, principalmente, amarlos, ellos nos enseñan muchas cosas.

Quiero hacer referencia a una frase de Mateo que considero un verdadero alegato de amor y de confianza de Dios Padre a Jesús: “Éste es mi hijo amado, mi predilecto, escuchadle” (Mt 17,5). También como progenitores debemos escuchar a nuestros hijos pues, independientemente de la etapa de su vida en la que se encuentren, nos van a instruir en aspectos verdaderamente significativos. No pretendo hacer aquí una descripción exhaustiva y científica acerca del desarrollo del ser humano, simplemente acotar periodos aproximados que nos sirvan de referencia.

1. La etapa prenatal: amor a ciegas

Durante la etapa prenatal, que abarca desde la fecundación del óvulo hasta el momento de dar a luz, nos descubren uno de los milagros más grandes que existen: amarlos sin aún conocerlos. No los vemos, pero están. No los tocamos, pero los sentimos. Es un momento de entrega absoluta y desinteresada. Además, nos instan a ser cautelosos y a preparar su llegada.

2. La infancia: paciencia y disfrute

Desde el momento del nacimiento hasta los 6 años se van desarrollando no sólo los órganos vitales, sino sus capacidades y habilidades psicomotoras, que les acompañarán por el resto de sus vidas. Es aquí cuando a los padres nos enseñan a tener paciencia, la mejor aliada para no perder los nervios y saborear lo fantástico de los logros de los pequeños.

3. La niñez: nuevos maestros en casa

Hasta los 12 años se consideran todavía niños. La trayectoria en la escuela será fundamental en el proceso de socialización. Los padres hemos de convertirnos en el mejor ejemplo, sin olvidar motivarlos, obteniendo lo mejor de su persona, pero también marcándoles los límites de forma clara y con cariño. Ellos también van tomando conciencia de que su opinión cuenta y hemos de ser copartícipes en esto.

4. La adolescencia: más difícil todavía

Aproximadamente engloba desde los 12 hasta los 17 años. Son muchos los cambios que se suceden y puede parecer que para ellos el enemigo está en casa. Sin embargo, todo lo que hayamos trabajado en las etapas anteriores aquí será fundamental. Supone un punto de inflexión en sus vidas y sus relaciones. Hemos de convertirnos en fieles y comprensivos compañeros de camino, educando en libertad a la sombra de la autoridad.

5. La juventud: las aguas toman su cauce

De los 18 a los 25 se van asentando las cosas. La realidad va siendo más objetiva y las aspiraciones y deseos dejan a un lado la fantasía de años anteriores. Los padres con hijos en esta fase deben tener presente el inicio de su madurez, ser respetuosos con sus decisiones, dejando a un lado sus preferencias. Ellos son quienes eligen y han de contar con el consejo paterno, pero siempre desde el respeto.

6. La adultez: el fruto maduro

En torno a los 25 y 69 años nuestros hijos ya serán personas adultas. Tal vez algunos se conviertan también en padres y formen su propia familia. Aquí hemos de ser conscientes de que el trabajo y esfuerzo tendrán su recompensa y nos tocará adaptarnos a los nuevos miembros que lleguen. Habrá que saber reubicarse en el nuevo puesto que nos corresponda con serenidad y confianza.

7. La ancianidad: nos apartamos del camino

Cuando lleguen a esta etapa de su vida es probable que muchos ya no nos encontremos aquí. El legado del recuerdo es lo que nos tiene que animar a hacerlo bien: amar, estar y ayudar. Que ellos lleguen a una vejez serena no quiere decir que todo haya salido bien, sino que intentaron hacerlo lo mejor posible y están satisfechos por haber sido así.

 
En todas y cada una de las etapas es básico que los hijos se sientan fruto del amor de sus padres. Dependiendo de nuestro ejemplo, ellos podrán dar el suyo algún día a otros. La humillación no lleva al aprendizaje, sino la delicadeza y la firmeza. Y es importante que creamos de corazón que, como dice el Papa Francisco, “los hijos necesitan un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos” y también para disfrutar de sus éxitos. Que estemos con los brazos abiertos para cuando nos necesiten.