Papa Francisco

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

Se suele decir que los trapos sucios deben lavarse de puertas para adentro. Lo que pasa es que cuando lo que se ha ensuciado sobrepasa los límites físicos de la casa, la limpieza necesariamente ha de hacerse visible desde fuera. Lamentablemente la lacra de los abusos a menores no se escapa a ningún ámbito. Se da en el familiar, en el deportivo, en el educativo y, desgraciadamente, también en el eclesiástico. No he podido evitar pensar en aquellos sacerdotes que se mantienen fieles y luchan por llevar su vocación con la mayor dignidad y entrega posibles. Ellos, salvando las distancias, tampoco lo estarán pasando bien.

Mucho se ha hablado estos días del encuentro sobre “La protección de los menores en la Iglesia”, que ha tenido lugar en el Vaticano. La trascendencia del asunto ha quedado reflejada en los medios de comunicación y no es para menos. La pederastia por parte de clérigos no podía ser un tema a tratar a escondidas, como acertadamente ha considerado el papa Francisco. Ha sido una sombra que ha acechado a la institución y el hecho de ocultar el delito, como ha sucedido en muchos casos, ha agravado una enfermedad que hay que erradicar. Así lo ha afirmado el pontífice, sin olvidar a las personas dañadas por este mal. Las víctimas, que merecen un trato y una sentencia justa para sus abusadores, igualmente necesitan ser protegidas por la Iglesia, que debe actuar sin miedo ante la inevitable instrumentalización de algunos medios.

Entre los temas tratados en el encuentro, me gustaría destacar algunos de ellos. Se ha hablado de la protección de los menores. Ellos son el tesoro de nuestra sociedad. El presente, el futuro y los destinados a proyectar valores a las futuras generaciones. Hay que cuidarlos y cuidarse de hacerles daño. Por otra parte, se precisa severidad a la hora de pedir responsabilidades, sin encubrir, ni ignorar, ni dar privilegios. Y, por último, algo realmente necesario es una buena formación y selección de aquellos que se preparan para el sacerdocio, también mediante pruebas psicológicas. Esto ha de ser innegociable para tener pastores responsables y preocupados por su rebaño, no lobos feroces. Sacerdotes afectivamente sanos y equilibrados para el beneficio no sólo de la Iglesia, sino de la sociedad entera.

Ojalá lleguen normas concretas y eficaces que permitan frenar y gestionar semejante asunto. Como cristianos debemos exigir contundencia y justicia. Se necesita más que nunca una Iglesia que asuma y demande responsabilidades ante tan horribles delitos, porque la verdad nos hace libres. En los más débiles y vulnerables es, precisamente, donde Cristo está con más fuerza. No se puede dejar escapar esta oportunidad.