4 estrellas
8
Andrei Rublev
Título original: Strasti po Andreyu
Año: 1966
País: Unión Soviética
Duración: 183 min.
Género: Drama, Biográfico
Categoría: Simbología cristiana
Edad: +18
Director: Andrei Tarkovsky
Guión: Andrei Tarkovsky, Andrei Konchalovski
Música: Vyacheslav Ovchinnikov
Fotografía: Vadim Yusov
Reparto: Anatoly Solonitsyn, Ivan Lapikov, Nikolai Grinko, Nikolai Sergeyev, Irma Raush, Nikolai Burlyayev

Al comienzo del siglo XV, tres monjes ortodoxos y pintores de iconos viajan en dirección a Moscú. Entre ellos está Andrei Rublev, quien descubrirá, al dejar atrás su monasterio, un mundo dominado por la barbarie.

Andrei Tarkovsky se consagró con esta obra mística y sombría, narrada con pausa, conforme al estilo contemplativo de su autor. La historia está estructurada en varios episodios, no todos ellos protagonizados por Rublev. Su figura es libremente representada, pues apenas se conocen datos suyos. Y, en realidad, Tarkovsky no pretendía hacer una película histórica clásica, sino que buscaba ahondar en la naturaleza del arte y de la fe, en el turbulento contexto de la Rusia medieval dominada por los tártaros, donde se adentró con su coguionista Andrei Konchalovski.

Este extenso largometraje fue reducido por Tarkovsky, desde los 205 minutos originales a una versión de poco más de tres horas. El realizador cortó secuencias que consideraba demasiado largas y eliminó algunas escenas violentas, dando forma a una edición de un mayor equilibrio, donde brillan aún más momentos como la crucifixión en la nieve o el capítulo de la fundición de la campana.

El personaje de Andrei Rublev lo interpretó un debutante en el cine, Anatoly Solonitsyn, que más tarde trabajaría en Stalker y en otros títulos del cineasta ruso. Rublev es mostrado como un artista sensible y reflexivo. También como un hombre de una honda espiritualidad, que exhorta a su discípulo Daniil a orar antes de pintar, manifestando que solo así «el alma puede ir de lo visible a lo invisible».

Rublev se dará de bruces con una crueldad que ignoraba cuando vivía dentro de los muros de su monasterio. Aturdido por el caos que observa a su alrededor, dejará de creer en la bondad y entrará en una crisis que le llevará a replantearse el sentido de crear en un mundo tan deshumanizado. El doloroso contraste entre la belleza y la destrucción causada por los tártaros, será interiorizado de un modo especialmente acusado por alguien que se niega a pintar el juicio final para no asustar al pueblo.

La temática del film despertó suspicacias entre las autoridades de la Unión Soviética, donde la religión continuaba siendo perseguida. Aunque la producción se completó e incluso fue exhibida por primera vez en 1966, no se estrenaría oficialmente hasta 1969, en Moscú. Ese mismo año, los dirigentes soviéticos cedieron a presiones externas y se presentó en el Festival de Cannes, bajo la condición de que no formara parte de la sección oficial y se proyectase de madrugada. Pese a todo, no pudieron evitar que ganara el premio FIPRESCI, concedido por la prensa internacional.

Con sus imágenes en blanco y negro -interrumpidas por el epílogo en color con obras de Rublev-, Tarkovsky coloca al cristianismo como una de las bases de la identidad rusa. En este relato, además, lo contrapone con el paganismo, principalmente a través de su protagonista. Este sufrirá en primera persona las heridas que padece la gente de su época y será entonces cuando esté en disposición de ir más allá como artista, pero necesitará dar un salto de fe para confrontar la devastación con la armonía de su arte.

Andrei Rublev (fotograma)