4 estrellas
8
Fortuna
Título original: Fortuna
Año: 2018
País: Suiza, Bélgica, Etiopía
Duración: 106 min.
Género: Drama
Categoría: Congregaciones
Edad: +13
Director: Germinal Roaux
Guión: Germinal Roaux
Música:
Fotografía: Colin Lévêque
Reparto: Kidist Siyum, Bruno Ganz, Patrick d’Assumçao, Assefa Zerihun Gudeta, Yoann Blanc, Pierre Banderet

Fortuna es una chica etíope de catorce años, que ha sido acogida junto a otros inmigrantes en un monasterio de los Alpes suizos. Allí se enamora de un africano llamado Kabir. La realidad de ambos y del resto de refugiados es tan compleja que altera la pacífica vida de los monjes.

Este excelente largometraje del realizador francosuizo Germinal Roaux entronca con la mejor tradición del cine espiritual europeo. Su exposición de los dilemas de la comunidad o sus parajes nevados recuerdan a cintas como De dioses y hombres o El gran silencio. Además, en su estilo ascético y pausado hay -buscadas o no- resonancias bressonianas. La relación de Fortuna con un burro, fiel compañero suyo, retrotrae al clásico de Bresson Al azar de Baltasar y la metáfora evangélica sobre renacer de nuevo, a la que alude el film, va en armonía con Un condenado a muerte se ha escapado.

La historia pone el foco en el drama de la inmigración. Una congregación formada por cinco religiosos da refugio a personas que han tenido que dejar atrás sus hogares. Muchos de ellos son musulmanes, así es que el monasterio se ha convertido en un lugar de convivencia interreligiosa. La situación, sin embargo, genera un debate interno entre los monjes, porque su labor asistencial está en conflicto con la serena existencia de oración y recogimiento que habían elegido. De modo que se ven obligados a cuestionarse el propósito de su vocación.

La protagonista es una muchacha introvertida, muy turbada tras haberse quedado embarazada de un hombre mayor que ella. Lejos de su familia, se enfrenta en solitario a un problema de tanto calado para una adolescente de su edad, pidiendo la intercesión de la Virgen María. Ella será el pilar en el que se apoye, en su deseo de proteger la vida que tiene en su interior, sin aceptar la solución fácil que algunos le plantean. Donde otros no encuentran más que trabas, la joven sólo ve amor.

Fortuna es una película para contemplar. En la propuesta abundan los silencios y su fuerza reposa, en gran medida, en las imágenes. Germinal Roaux aparte de cineasta es fotógrafo, y eso se nota en la sensibilidad con la que está filmada cada escena. Para esta producción adopta un inusual formato de 4:3 y, al igual que en sus otros trabajos cinematográficos y fotográficos, opta por el blanco y negro. Esta técnica le confiere a la fotografía un intimismo que está potenciado por la localización montañosa del remoto monasterio.

Kidist Siyum realiza una composición muy natural del personaje principal, mientras que Bruno Ganz, en uno de sus últimos papeles, está impresionante representando al abad Jean. Tiene dos secuencias especialmente memorables. En la segunda, que comparte con un asistente social, ofrece un auténtico recital de interpretación. La aportación de estos actores es clave para redondear una cinta que nada a contracorriente, dirigiendo su atención hacia los más débiles y olvidados por esta sociedad materialista.

Fortuna (fotograma)