El hombre tranquilo

John Ford era un maestro representando la vida rural, entre otras cosas, porque enmarcaba como pocos este tipo de historias en su entorno, ya fuera en Gales, Irlanda o Estados Unidos. En ¡Qué verde era mi valle! y Las uvas de la ira el medio natural llegaba a ser implacable y había que trabajar duro para sobrevivir. En El hombre tranquilo, sin embargo, Ford prefirió mostrar un paraíso con el que rendir tributo a sus orígenes irlandeses.

Frente a la dureza de largometrajes rurales anteriores, en su aventura irlandesa -para la que le costó encontrar financiación- el paisaje destila armonía. El realizador utilizó el Technicolor para acentuar el verde de los prados o el azul de los ríos, que lucen más tras la excelente remasterización de la película.

Ford nació en Estados Unidos, así es que no retrata algo vivido, sino lo relatado por sus padres en su hogar en Maine. Aunque salvando las distancias, entiendo algo de lo que significa esto, porque pasé mis dos primeros años en Cuenca y mis únicos recuerdos de allí son los que mi familia ha idealizado por la nostalgia de una época feliz. Para mí visitar Cuenca es realmente como volver a una ciudad encantada, más allá del eslogan.

En El hombre tranquilo John Wayne es Sean Thornton, un hombre que regresa a Innisfree, el pueblo que dejó con doce años para irse a Estados Unidos. En el retorno al que fue su hogar se enamora de Mary Kate, una pelirroja de armas tomar interpretada por Maureen O’Hara. Resulta que el hermano de esta, Will Danaher, aparte de ser un tipo agrio a más no poder, quiere comprar la misma propiedad que Thornton acaba consiguiendo. Y como estamos en Irlanda, no en Estados Unidos, el yanqui -como le llaman- debe adaptarse a las costumbres y tratar de conseguir el improbable consentimiento de Danaher para cortejar a su hermana.

Innisfree en un lugar idílico, poblado por personajes entrañables. Entre ellos está el casamentero Flynn, que aporta algunos de los momentos cómicos más memorables de la mano de Barry Fitzgerald. Este actor había encarnado años atrás, de un modo magistral, al simpático párroco cascarrabias de Siguiendo mi camino.

Barry Fitzgerald y John Wayne

Otro secundario destacado es el padre Peter Lonergan, un buen sacerdote que ejerce como narrador. Lonergan es afable, con carácter cuando es necesario y muy aficionado a la pesca. Es reflejo del luminoso catolicismo vivido en Innisfree, donde priman los valores familiares y la armonía, incluso entre católicos y protestantes. No es lo que nos viene a la cabeza al pensar en Irlanda, pero Ford suaviza los problemas.

En relación al conflicto, eso sí, hay que poner en contexto la historia, ya que los principales disturbios se produjeron en Irlanda del Norte a partir de finales de los sesenta y no en la región sur, donde los católicos siempre han sido mayoría. En Innisfree prevalece el ecumenismo entre Lonergan y su colega anglicano, el reverendo Playfair, que tiene pocos feligreses. No son rivales. En el pueblo imaginado por Ford hay espacio para todos.

Desde una perspectiva actual sorprenden los roles entre hombres y mujeres representados por el film. Tal vez pongan en alerta a algunos afines a la cultura de la cancelación, pero lo cierto es que reflejan comportamientos de otra época que el cine nos da a conocer y sería pueril tratar de censurarlos. Y, por supuesto, hay que tener en cuenta que esta comedia no se toma nada demasiado en serio.

Ni siquiera resulta violenta la gran pelea entre Thornton y el hermano de Mary Kate. De hecho, su cariz cómico me recuerda a las viñetas de Astérix. Al más puro estilo de la aldea gala, todos están entusiasmados ante el esperado combate. Incluso el padre Lonergan. Tanto, que cuando un sacerdote joven le pregunta si no deberían separarlos, le contesta: «deberíamos hijo, deberíamos separarlos, es nuestro deber», mientras no pierde detalle. Entretanto el pastor anglicano hace una apuesta con su obispo.

Ford consigue que todo sea ligero en su paseo por la Irlanda que había soñado y que conscientemente quiso idealizar. El realizador mostró el arraigo del catolicismo en el país, íntimamente ligado a la identidad nacional y a las costumbres. La mayoría de las escenas se rodaron en la pequeña localidad de Cong, porque el pueblo de Innisfree nunca existió. Es solo uno de esos lugares que la magia del cine ha convertido en parte de la memoria colectiva.