
Estamos revisando la lista que publicamos de películas sobre belleza para incluir más variedad y hacerla más accesible. Ahora es demasiado gafapasta, por decirlo de forma resumida. Buscando otros largometrajes que han explorado la belleza ha salido My Blueberry Nights. Recuerdo que me gustó cuando la vi hace unos años, pero al redescubrirla he apreciado mucho más sus matices. Fue la primera aventura en lengua inglesa de Wong Kar-Wai, el director de Deseando amar, una de las tres o cuatro películas más bonitas que he visto y el romance más poético.
My Blueberry Nights tiene en común con Deseando amar que habla de personas marcadas por el desamor. Su protagonista, Elizabeth, es una joven a la que su pareja ha dejado por otra mujer. La chica, a la que interpreta la cantante Norah Jones, ahoga sus penas conversando con el dueño de una cafetería de Nueva York, Jeremy, quien guarda en un tarro llaves que quedaron allí algunos clientes. Cada llave tiene una historia detrás y, en conjunto, sirven de metáfora de las puertas que se cierran.
Otro realizador tal vez hubiese tomado un camino más convencional pasando directamente de la ruptura a centrarse en el enamoramiento entre Elizabeth y Jeremy, al que da vida Jude Law. Wong Kar-Wai, por contra, prefiere explorar la pérdida y el daño producido por el desamor, con la sutilidad con la que maneja los sentimientos amorosos. Elizabeth ignora el modo de decir adiós a alguien por quien siente un amor no correspondido, pero en vez de tratar de llenar sus vacíos con otra relación, emprende un viaje de sanación que la lleva por distintos lugares de Estados Unidos.
El itinerario de Elizabeth da pie a una road movie de historias cruzadas. En su primera parada en Memphis conoce a un policía totalmente roto, porque su esposa lo abandonó y no es capaz de dejarla marchar. Se ha entregado a la bebida, frustrado por no poder retener un amor que se le escapó. Un amor imposible que no solo le causa dolor a él, sino a su alocada mujer, que no encuentra su sitio. En esta subtrama entran en escena David Strathairn y Rachel Weisz. La magnética presencia de la actriz británica en la pantalla es aprovechada por Kar-Wai, que hace lo que quiere con la cámara.

En su siguiente destino, en Nevada, la protagonista coincide con una joven a la que le gustan las apuestas, encarnada por Natalie Portman. Elizabeth pasa de presenciar la historia de un matrimonio fracturado por no amar de forma adecuada, a encontrarse con una chica tan egoísta y cerrada al amor que ni siquiera se preocupa por su padre. De algún modo, las personas que se cruzan en su camino podrían influirla, sin embargo, ella ahonda en sus propios sentimientos.
Entiendo que al film se le puedan poner pegas, como que le falta profundidad. No obstante, no hay que perder de vista que la manera de conectar de Wong Kar-Wai es a través de lo sensorial, mediante la imagen y la música. El cineasta oriental opta por sugerir más que por explicar. Basta ver la secuencia de un reencuentro entre el dueño del café y su antigua novia, que se produce fuera de los límites del local y durante una gélida noche. La puesta en escena refleja la distancia de una relación rota y produce una sensación de frialdad intensificada por el vaho que ambos personajes desprenden al hablar.
Hay directores que cuando dejan su país para trabajar en Estados Unidos o pasan del cine independiente al comercial relegan los elementos característicos de su estilo. Esto no pasa aquí. Las señas de identidad de Kar-Wai son rápidamente identificables en el cálido cromatismo de la fotografía. Además, al igual que en Deseando amar, los planos captan el estado de ánimo de los personajes. Simplemente con el tipo de encuadre se transmite cercanía o incomodidad.
My Blueberry Nights me parece una película preciosa, llena de romanticismo y bien interpretada. Su trama recuerda algo importante: aunque alguien te trate mal o te traicione, eso no tiene por qué apagar tu luz interior ni tu confianza en los demás. Tampoco tu capacidad de amar. Incluso tras una situación así, por dolorosa que sea, puede acabar aflorando la mejor versión de uno mismo.