
Hace unos días descubrí en un retiro el cortometraje Bastille, de Isabel Coixet. El caso es que no me quedé con el título y, teniendo como única referencia a la directora, me ha costado un poco localizarlo. No es una producción independiente -como pensaba-, sino que forma parte de Paris, je t’aime, una película de 2006 compuesta por dieciocho breves historias sobre amor, ambientadas en la capital francesa. Esta antología reunió a un elenco internacional de intérpretes, dirigidos por realizadores también de distintas nacionalidades, como Alexander Payne, Alfonso Cuarón o los hermanos Coen.
Una de las mejores aportaciones de Paris, je t’aime es Bastille. Nos traslada a un restaurante parisino, donde un hombre espera la llegada de su mujer con inquietud, porque va a decirle que la deja, pues planea irse con su amante. Sin tiempo para comunicarle sus intenciones, su esposa rompe a llorar. Sergio Castellitto, Miranda Richardson y Leonor Watling dan vida a los personajes del film. No quiero hacer spoiler, así es que, antes de continuar escribiendo, te invito a ver este corto de poco más de cinco minutos, que da pie a pensar.
El relato nos muestra algunas de las amenazas que ponen el riesgo el matrimonio. Refleja el hastío que puede generar la rutina y las consecuencias de no valorar lo que se da por seguro. También la intromisión de una tercera persona, en este caso una mujer más joven, aparentemente perfecta, con la que Sergio -el protagonista- no ha sufrido desgaste.
Sergio elije el restaurante donde se dio cuenta que ya no amaba a su esposa para abandonarla. Justo en ese lugar, que inevitablemente parece ligado a un final, se produce un nuevo comienzo. Aunque la noticia de la enfermedad terminal de ella despierta la compasión de Sergio, sería un error creer que a él le mueve la pena. Si fuera así no cortaría de raíz con su amante, con la que podría haber regresado tras el fallecimiento de su mujer, sin necesidad de dar explicaciones. Sin embargo, deja de tener interés por ella al redescubrir el amor que siente por su esposa.
Hay una idea que me llega mucho y es que el marido se transforma al actuar como tal: «de tanto comportarse como un hombre enamorado, volvió a enamorarse». Empieza a ver el valor que tienen los pequeños detalles y deja de considerar una carga las atenciones hacia su mujer. Lo que antes le molestaba pierde importancia. En esta tragicomedia se cumple, además, el precepto evangélico de tratar a los demás como te gustaría que te trataran.
Bastille demuestra que cinco minutos son suficientes para contar una buena historia. No hay tantas que apelen a la reconstrucción de matrimonios rotos, pese a que a veces el amor simplemente está oculto, enterrado por la rutina, las heridas o el silencio. Haciendo un símil con la jardinería -una de mis aficiones preferidas-, sería como esas plantas de bulbo que se marchitan hasta el punto de desaparecer. Pero el bulbo permanece. Por eso, al volver a recibir agua y algunos cuidados, por sorprendente que parezca, estas plantas brotan y florecen de nuevo, rebosantes de vida.