
1. La tierra, ser inanimado, agradece gozosa la lluvia que cae sobre ella acariciándola y reblandeciéndola. Imaginémonos cómo disfruta el alma cuando el Evangelio la visita y la empapa con el perfume de Dios.
2. Cuando Jesús dice que sus discípulos son la luz del mundo les está anunciando que serán el resplandor de su gloria, de la misma forma que Él es el resplandor de la Gloria del Padre.
3. Estamos llamados a ser la sal de la Sabiduría de Dios en el mundo. Esta sal es necesaria para que el progreso del mundo, su saber, tenga sabor.
4. El Evangelio está lleno de palabras imposibles, como las que recibió María de Nazaret; cuando estos imposibles se cumplen en ti ya sabes que Dios existe. Para lo que es posible no hace falta la encarnación de Dios.
5. Cuando Jesús cura a los ciegos está dando respuesta al deseo del salmista que le pide que abra sus ojos para poder ver las maravillas que hace por él con su Palabra (Sl 119,18).
6. El discípulo de Jesús siente tal atracción por Él que llega a decirle ¡aquí estoy! En el momento de morir será Jesús quien le diga a él ¡no temas, aquí estoy!
7. Todo hombre de Dios juega un papel considerable en las personas que viven en su entorno, y lo normal es que no sea consciente de ello. Así Dios le protege del cáncer de la vanidad.
8. David decidió construir el Templo de Jerusalén impulsado por el deseo de que Dios tuviese un lugar en el que fuese adorado. Hagamos un lugar para Dios en nuestro corazón.
9. Atasco en el centro de la ciudad. Todo son bocinazos, impaciencias, gritos, pues nadie quiere llegar tarde a su destino. ¿Nos importa el atasco que sufre nuestra alma en su camino hacia Dios?
10. Suspendido en la cruz, Jesús gritó: ¡Dios mío, por qué me has abandonado! Estremecedor, pero no fueron éstas sus últimas palabras, sino ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! Él es nuestro destino.
11. ¡Qué lejanos hemos dejado a aquellos que han traicionado nuestra confianza! Traicionamos sin cesar la confianza de Dios, y aun así sigue a nuestro lado.
12. “En mis manos te llevo tatuada”, dijo Dios a Israel a pesar de haber recibido tantas traiciones suyas (Is 49,16). En las manos del Crucificado estamos tatuados, libres del Príncipe del mal.
13. Los desengaños amorosos hacen daño; todos conocemos el desengaño de aquel que nos prometió ser dioses (Gé 3,5). Feliz el que conociendo este desengaño le da la espalda definitivamente.
14. Cuando nos avergonzamos ante alguien nos escondemos de él. Ojalá nos sepamos avergonzar ante Dios no para escondernos de Él, como Adán y Eva (Gé 3,8), sino para dejarnos amar. Entonces seremos libres.
15. Sean cuales sean sus debilidades, todo aquel que se vuelve con amor al Evangelio, encontrará en él a su Buen Pastor, Jesús; su Padre le envió al mundo para encontrarse con los débiles.
16. El oído de Dios está curado de espanto, nada de lo que le digas le resultará extraño. Más bien le resultará extraño que no le digas: ¡Padre, recógeme porque mis pecados me pesan demasiado!
17. Cuando el alma llora de tristeza, como dice el salmista, (Sl 119,28), no hay palabras humanas que puedan consolarla. Dios sí y con sus Palabras, porque la Vida que hay en ellas tienen la fuerza para reanimar el alma.
18. Dice la Escritura que Dios escucha nuestros gritos desde su Templo. Jesús está vivo en el Evangelio así como en el Sagrario. ¿A qué esperamos para hablar con Él?
19. Dios es la fuerza y escudo de todo aquel que le invoca. Claro que invocar implica saber hablar con Él. Hablar, no recitar rezos sin más.
20. Nos rodeamos de un buen número de personas, pero pocas entran en el ámbito de nuestra relación porque somos muy selectivos. Jesús rompe toda criba selectiva con sus brazos abiertos en la cruz, en ellos cabemos todos.