Jubileo de los Jóvenes

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Flickr)

Hace unos días hemos despedido a Francisco y va a arrancar un nuevo cónclave, donde volverán a estar muy de actualidad esas luchas tan comentadas entre sectores progresistas y conservadores, que a mí desde luego me aburren bastante. No digo que me den igual, porque no dejan de ser conflictos humanos que siempre han estado ahí y que ayudan a avanzar. Algunos medios cuentan las disputas internas que hay en la Iglesia como algo novedoso y, en realidad, han existido desde el comienzo del cristianismo. Ya en las comunidades primitivas hubo una gran controversia entre Pedro y Pablo.

Lo que espero es que todo esto no desvíe del principal fin, que es encontrar el modo adecuado de llevar el Evangelio a nuestra época. Es lo que hizo en su momento Francisco de Asís y es lo que ha tratado de hacer el papa Francisco durante estos años. Y no es fácil. El humanismo cristiano se asienta en valores que, más o menos, coinciden con principios defendidos por posturas políticas de izquierda en unos casos y de derecha en otros. Eso ha hecho que las palabras de Francisco hayan sido utilizadas por algunos para arrimar el ascua a su hoguera cuando les convenía.

No he prestado atención a los teóricos papables, porque la última vez los pronósticos fallaron. Pero un aspecto básico que seguro tendrán en cuenta los cardenales serán las capacidades de comunicación del futuro papa. No me refiero solo a la comunicación verbal, sino a los gestos. Volviendo a Francisco, el de Asís, al escribir este artículo me viene a la mente la remendadísima túnica que se conserva entre sus escasas pertenencias. Cuando la vi me pareció un potente mensaje para las personas de su tiempo y, por supuesto, para las del nuestro. Lo suyo fue predicar con la coherencia, que es lo que funciona.

El otro aspecto clave para el catolicismo está, como decía antes, en encontrar la forma de llevar el mensaje de Jesús a la gente de nuestros días, donde cada vez hay más jóvenes que no han recibido ningún tipo de formación religiosa. En una Iglesia con tantas estructuras, delegados, cargos… lo que urge es fomentar espacios que propicien el encuentro personal con Cristo, porque esto es lo que cambia conciencias.

Para que la fe llegue no podemos subestimar lo sencillo, como el poder de una canción, de una película o el impacto de la religiosidad popular. Las recientes procesiones de Semana Santa también conmueven a personas alejadas o incluso a gente sin fe. Una de las pocas certezas que tengo es que hay una fuerza invisible que actúa durante esos días. La he sentido muchas veces y no entiendo por qué algunos desde dentro de la Iglesia, tanto progresistas como conservadores, desprecian esta manifestación de fe, considerándola de segunda. No cerremos puertas con prejuicios.

El futuro papa va a llegar en un mundo huérfano de grandes líderes y con varios conflictos. Va a tener difíciles retos ante sí, lo cual no es nada nuevo. Pablo VI, por ejemplo, tuvo que lidiar con las tensiones que surgieron a raíz del concilio y Juan Pablo II con una Europa dividida por el comunismo que él mismo había vivido en Polonia. Ahora los retos son la fuerte secularización de Europa o esa corriente de pensamiento único que nos intentan imponer a golpe de cultura de la cancelación. En este contexto es donde el nuevo papa debe ser un referente moral y espero que se trate de alguien capaz de tender puentes.