Kramer contra Kramer

La vida puede cambiar en un momento. Eso es justo lo que le pasa a Ted Kramer, un publicista volcando en su trabajo que, una noche, al volver a casa se encuentra con que su esposa, Joanna, le comunica que va a dejarle a él y a su hijo de cinco años. De pronto, tiene que hacerse cargo del pequeño sin saber cómo desenvolverse, pues nunca se ha involucrado como padre. Con el tiempo, ambos se adaptarán a su nueva realidad. Pero todo da un nuevo giro cuando, un año y medio después, Joanna regresa para pedir la custodia del chico.

Aunque la historia transcurra a finales de los setenta, sigue siendo contemporánea al tratar la problemática, ahora más común, del divorcio y de sus consecuencias en los hijos. Joanna es una mujer frágil, infeliz en su matrimonio, que se ha sacrificado en favor de un marido que la ignora. Este atraviesa una etapa dulce a nivel laboral, pero se ve obligado a reestructurar sus prioridades para conciliar familia y trabajo, otro tema de actualidad, porque su inesperada situación suscitará recelos en su oficina. Sin embargo, le abrirá la puerta a un tipo de paternidad diferente, que no consiste solo en llevar dinero a casa.

La película se basa en una novela de Avery Corman, que le gustó tanto a Robert Benton que la adaptó a un guion cinematográfico y la dirigió. Su alcance hubiese sido menor con otros actores, no solo por una cuestión de talento, sino por la implicación y las circunstancias personales de sus protagonistas. Dustin Hoffman (Ted Kramer) se estaba divorciando y aportó mucho de cosecha propia, mientras que Meryl Streep (Joanna) se encontraba muy afectada por el reciente fallecimiento de su pareja, John Cazale. También lo hizo realmente bien Justin Henry, representando al desconcertado hijo de los Kramer.

Hace unos años salió a la luz el comportamiento censurable de Hoffman hacia Meryl Streep. Ella ya conocía cómo se las gastaba su compañero de reparto y, durante el rodaje, este la trató de forma abusiva, alegando que intentaba ayudarle a mejorar su interpretación. Ese fue el razonamiento de un actor del método que, en aquella ocasión, sobrepasó con creces la línea de lo admisible. Además, había un problema de ego, pues Hoffman -que se consagraría con este film- sabía que no tenía delante a cualquiera, sino a una actriz que eclosionó muy rápido y a la que Berton dio permiso para reescribir parte de su personaje, con el fin de darle una mayor dimensión.

Dustin Hoffman y Meryl Streep

La frialdad entre Hoffman y Streep es evidente, y no se ha apaciguado con el tiempo. Acerca de hechos como los que ocurrieron en la filmación, la escritora Fran Lebowitz reflexionaba en Supongamos que Nueva York es una ciudad que, aunque alguien debería ser despedido cuando hace algo inaceptable, no había por qué dejar de valorar su aportación artística.

El largometraje, a diferencia de lo sucedido, destila sensibilidad por los cuatro costados, especialmente en su retrato de la paternidad que va descubriendo en toda su magnitud Ted Kramer. En el proceso judicial por la custodia, iniciado por Joanna, Ted parte con desventaja por ser padre, otro asunto que continúa vigente en esta época de lucha por la igualdad. En una argumentación durante el litigio expresa que le gustaría «saber qué ley dice que la mujer es mejor que el padre solo en virtud de su sexo».

En los años setenta los roles familiares eran diferentes. De hecho, en el juicio conocemos que Joanna se vio obligada a renunciar a su trabajo para ocuparse de su hijo, mientras su marido prosiguió con su carrera. Ahora que las cosas han cambiado mucho, tiene aún menos sentido considerar al hombre no tan válido para el cuidado de los hijos. Aunque, por naturaleza, el vínculo con la madre es esencial en los primeros años de vida, relegar al padre a un lugar secundario se debe a prejuicios sociales.

Kramer contra Kramer es una película muy buena, incluso con sus imperfecciones. Va directa a los lagrimales por la credibilidad de sus situaciones cotidianas, algunas en entornos urbanos donde la fotografía de Néstor Almendros oxigena. Tras verla resuena el discurso de Ted Kramer, en el que dice haber «pensado mucho en qué es lo que hace que alguien sea buen padre o buena madre». Es la pregunta que debería hacerse cada uno y a la que film responde aludiendo, más que nada, a una cuestión de afecto y de prioridades.