San Francisco cortándole el cabello a Clara de Asís

San Francisco cortándole el cabello a Clara de Asís (Antonio Carnicero)

El día que cambió su destino, Clara Offreduccio tenía unos dieciocho años y una larga melena de rizos dorados. No le faltaban pretendientes. En los testimonios de dos de ellos quedó constancia de su belleza y de que no hubo manera de convencerla para que aceptara casarse. La joven, aparte de ser guapa, pertenecía a una familia noble de Asís, así es que era un partidazo. De hecho, era tan buen partido que se la acabó quedando Dios.

Clara se lanzó a escribir su propia historia la noche del Domingo de Ramos de 1211 o 1212. El día que Jesús entró en Jerusalén, se escapó de Asís junto a una amiga, mientras todos dormían. La agitación debió ser la compañera de ambas en la oscuridad, cuando bajaban la colina de la ciudad, decididas a vivir la libertad del Evangelio. Las esperaban con antorchas unos juglares entre los que estaba Francisco Bernardone, aquel asisense que años antes había sorprendido a todos al dejar atrás sus riquezas.

La mayor de las Offreduccio contó con la complicidad de Guido, el obispo de Asís. Hasta ese momento, había meditado mucho acerca del camino a seguir. Pero no sobre el marcado de antemano para una mujer de la nobleza, sino el que ella quería y que podía resultar muy inconveniente. Sin embargo, la guiaba el espíritu de los primeros francisanos, que eran rebeldes con causa. Y su causa era tan buena que había llevado a Francisco a comenzar una revolución que contagiaría a personas de distintos lugares y condiciones sociales, en un hecho sin precedentes en la Iglesia.

Aquella noche de Domingo de Ramos se vivió uno de los episodios más conmovedores de la historia franciscana. Tras encontrarse las fugadas con los que serían sus nuevos hermanos, se dirigieron formando una procesión de antorchas hasta Santa María de los Ángeles, una iglesia más pequeña de lo que uno podría imaginarse sin verla in situ. Pero la grandeza para aquellos insumisos del desamor no residía en el espacio y allí fue donde Clara, junto con su fiel amiga, hizo su profesión a manos de Francisco, jurando sus votos perpetuos. A ella, que no le había faltado de nada, el voto de pobreza le parecía un privilegio, tal vez porque la liberaba del destino que se le presuponía.

Para certificar la separación de su vida anterior, cambió sus ricas sedas por un humilde hábito y Francisco cortó su larga melena. La incorporación de aquellas dos mujeres era el reflejo de la igualdad predicada por Jesús y daba una mayor plenitud a la labor evangélica de los Hermanos Menores.

La reacción ante semejante despropósito no se hizo esperar. A la mañana siguiente, una comitiva -en la que estaban los hermanos de Clara- salió en busca y captura de las recién consagradas, quienes habían sido provisionalmente acogidas en el monasterio de San Pablo. Clara era demasiado guapa para que sus familiares aceptaran que no se casara y menos para unirse a una orden que no era antigua ni respetada. Si ya de por sí resultó difícil para los Bernardone encajar la elección de su hijo, aún mayor sería la incomprensión hacia ella.

Los ánimos debían estar bastante caldeados cuando las encontraron. Cuenta la leyenda que el cuerpo de Clara de pronto empezó a pesar tanto que no pudieron moverla, pero la realidad es que se sujetó al altar y, viendo que iban a utilizar la fuerza para separarla de allí, se quitó el velo que le cubría la cabeza. Al instante todos se quedaron en shock. El impacto de verla sin su melena fue tal, que regresaron de vacío. No les valió ni ser más ni su fuerza física. No hubo forma alguna de llevarla de vuelta a casa.

Clara fue tocada por Dios de tal manera que su mayor fortaleza estaba en su interior. En su vida no abundan los milagros ni los fenómenos excepcionales. Toda su existencia está basada en la sencillez y en el amor. Lo extraordinario de Clara radica en su confianza en la providencia, en lanzarse hacia lo desconocido para seguir los pasos del Nazareno. Sus virtudes son el complemento perfecto a Francisco y su autenticidad es un torrente de luz para nuestros días.