Campo de lavanda junto a la abadía de Sénanque

1. A nadie se le escapa que cuanto más nos acercamos al Dios vivo, al del Evangelio, más nos queremos a nosotros mismos, y es que nadie te valora tanto como tu Padre Dios.

2. Así como Israel dudó de poder conquistar la Tierra Prometida que manaba leche y miel, también el Evangelio, leche y miel para los sentidos del alma, nos da miedo y no entramos en él.

3. Los hombres y mujeres de Dios encajan dulcemente con Él al tiempo que desencajan con el sistema que avala la tibieza. A éstos Jesús les llama amigos, no siervos (Jn 15,15).

4. Muchos son los que quieren imitar a Jesús pero infantilmente, porque a la hora de entregar su cuerpo y derramar su sangre como Él por el mundo, echan el freno.

5. La esencia de la encarnación del Hijo de Dios la revela Él mismo: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 12,45). Sin embargo, la mayoría no le reconoció como Hijo de Dios.

6. Ver desde el alma cómo se abre una Palabra es, como diría Juan, contemplar la gloria de Dios. Los grandes de este mundo no saben de estas cosas, los pequeños sí (Mt 11,25).

7. Cuando Jesús anuncia que el discipulado se edifica sobre la Roca, no sobre la arena, explicita que la Roca se identifica con sus palabras (Mt 7,24…).

8. “Me regocijo en tu Palabra como quien encuentra un gran botín” (Sl 119,162). Aun así hay quien corre tras devociones al tiempo que se pone de perfil frente al Evangelio.

9. Dice el fiel israelita: “Voy a regar mi huerto, a empapar mi tablar” (Si 24,31). Si empapamos el tablar del alma con el manantial del Evangelio de Jesús alcanzaremos la Sabiduría.

10. “Yo sé que Dios hará justicia al humilde” (Sl 140,13). La humildad del corazón no necesita un tratado de espiritualidad, es dejar a Dios que te haga justicia, y no tú.

11. Mi gracia te basta, dijo Jesús a Pablo cuando, abrumado por la persecución, se sentía desfallecer (2Co 12,8…). Entonces comprendió que su discipulado estaba en manos de Jesús, su Señor.

12. “La Sabiduría, es decir, la Palabra, forma amigos de Dios” (Sb 7,27b). Encontramos esta promesa tan bella que sería una insensatez no guardarla en el corazón.

13. Cuando vamos a la Palabra para intentar entender a Dios, resulta que al mismo tiempo que le entiendes también te entiendes a ti, lo cual no es fácil.

14. Cuidado con plantar hierbas amargas en el corazón. La amargura echa a perder todo crecimiento espiritual. Pidamos a Jesús la humildad del corazón (Mt 11,25…).

15. Tenemos a mano todo lo que necesitamos para nuestro vivir de cada día: libros, móvil, computador, etc. Es una pena que nuestras manos estén no pocas veces lejos de la Palabra que contiene la Vida que buscamos.

16. “Desde lo más profundo grito a ti, Señor: ¡Señor, escucha mi clamor!”, suplica el salmista, (Sl 130,1…). En esto radica nuestra esperanza, que allí donde nadie puede ni quiere oírte, Dios te escucha.

17. “Aunque una madre se olvidara de su hijo, yo jamás te olvidaré” (Is 49,15). Algunos dicen que Dios no existe; ahora bien, si existe, tenemos la compasión garantizada. Vale la pena buscarle.

18. Buscar a Dios por el camino propuesto por Él, el Evangelio de su Hijo, nos garantiza entre otros dones el paso de un amor inseguro, dadas nuestras limitaciones, al amor incondicional que nos dignifica.

19. Si dejásemos a Dios ser Dios, sin duda haría en nosotros cosas impensables como, por ejemplo, mantener nuestra sonrisa en la adversidad, el equilibrio interior en la tempestad, el amor ante la ofensa…

20. Las primeras palabras que oímos en nuestro interior cuando damos paso al Señor Jesús dentro de nosotros son: tu vida es buena. Al principio no nos lo creemos, pero poco a poco vemos que es verdad.