Hoosiers: más que ídolos

Al salir del vestíbulo del colegio donde estudié veías un póster de san Francisco de Asís y más adelante te encontrabas con otro de Michael Jordan. Había una canasta en cada rincón del patio y se respiraba baloncesto por los cuatro costados. Por las tardes solía llegar antes para echar unas canastas y, si podía, me quedaba después de las clases. Así es que difícil que no me guste alguna de esas típicas películas de baloncesto de historias improbables, a poco que esté medianamente bien hecha.

Hoosiers: más que ídolos está por encima de la media. Se inspira libremente en un hecho real sucedido en una escuela secundaria de un pequeño pueblo de Indiana, en los años cincuenta, donde un nuevo entrenador de dudoso pasado y un largo periodo sin entrenar se hace cargo de un equipo que, como era de esperar, no es muy bueno. En realidad, el film no cuenta nada demasiado novedoso, pero engancha.

Ayuda mucho a que enganche que al entrenador, Norman Dale, lo interprete Gene Hackman. Y eso que estuvo de tan mal carácter durante el rodaje que el director David Anspaugh, quien luego haría Rudy, reto a la gloria, tuvo que tener con él más paciencia que Job. El actor pensaba que el resultado sería un despropósito y así lo expresaba abiertamente.

El personaje de Hackman en el largometraje, por contra, tiene mucha convicción. Es un tipo que gruñe a sus jugadores, pero los defiende de puertas para fuera. Encuentra en el baloncesto una oportunidad para redimirse. Sabe bien lo que pesan los errores del pasado y, por eso, recluta como asistente al desahuciado Shooter Fletch, un hombre alcohólico con mucho conocimiento del juego, al que da vida Dennis Hopper. Y entre partido y partido, a Norman Dale le da tiempo para intentar conquistar, con el romanticismo de un cactus, a una profesora que no le da bola.

Norman Dale con sus jugadores

La cinta muestra las bondades del juego en equipo, donde todos suman, aunque unos destaquen más que otros. Antes de los partidos rezan con su capellán, algo muy típico de la religiosidad estadounidense. La recreación del contexto de la historia es uno de sus puntos fuertes. En Indiana el baloncesto se vive con pasión y vemos la intromisión de la gente del pueblo en la labor del entrenador. Se resisten a los cambios, con el pretexto de que esto o lo otro se ha hecho de tal manera siempre. El equipo es un asunto comunitario, no solo de la escuela.

Mientras veía esta lucha de David contra Goliat mi mente me llevaba a mi infancia en Cáceres, cuando el equipo de baloncesto de la ciudad subió a la ACB, algo que nadie esperaba que sucediera. De hecho, el partido decisivo lo tenían casi perdido, hasta que en un improbable giro -que en la ficción habría obligado a fruncir el ceño a más de un crítico sesudo-, el rival falló, recuperaron el balón y anotaron una canasta en el último segundo para ganar de un punto. Fue un final de película. La película que ya existiría si Cáceres estuviese en Indiana, Kentucky o en algún sitio de esos.

Desde entonces sé de primera mano que el baloncesto es más que encestar una bola dentro de un aro. Más allá de lo meramente deportivo, comprendo bien esa importancia para una comunidad que refleja Hoosiers, porque formé parte de una catarsis colectiva que impactó en la autoestima de una ciudad. Ganar un partido puede significar mucho más que eso.

Ni lo imposible lo es tanto cuando hay una verdadera determinación ni tu lugar de origen te hace más pequeño. Eso es lo que cuentan estas historias deportivas de superación y redención. La mayoría se basan en épicas reales idealizadas por la nostalgia, que permanecen grabadas en la memoria colectiva de un pueblo, y tal vez en algún vídeo de YouTube o en una peli de Gene Hackman.