Moisés con su vara

La victoria, ¡oh señor! (John Everett Millais)

Israel combate contra Amalec. Los amalecitas son descendientes de Esaú, el hermano de Jacob que no recibió la primogenitura. Son pues imagen del mundo que se opone a Dios, por eso, combaten a los hijos de Israel queriéndoles impedir la entrada en la Tierra Prometida, lugar del descanso y del reposo donde Dios mismo será Pastor de su pueblo (Sal 23). A este respecto Jesús dirá que el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, nos guiará hacia la verdad completa (Jn 16, 13).

Dice el texto (Ex 17, 8-16) que Josué salió a combatir en la llanura mientras Moisés, juntamente con Aarón y Jur, subía a la cima del monte con el callado en la mano para interceder ante Dios por su pueblo. Así pues, se pone en oración en la cima del monte con las manos levantadas, como imagen perfecta de Jesús que, en la cima del monte Calvario levantando sus manos en la cruz, realiza la oración de intercesión que salvará a los hombres: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Aquí vemos cómo la misión de la Iglesia es fundamentalmente orante y es orante desde la cruz porque está crucificada para el mundo. Y así, mientras Moisés oraba, Josué con el pueblo combatía contra Amalec. Así la Iglesia se desdobla sobre sí misma combatiendo en la llanura por medio de la predicación del Evangelio. Esto lo entendieron muy bien los apóstoles cuando decidieron prescindir de cualquier tipo de actividad que no fuera la oración y la Palabra, es decir, la predicación del Evangelio (He 6, 2-4).

Siguiendo con el texto del Éxodo, vemos que a un cierto momento a Moisés se le cansaron los brazos de tenerlos levantados y se le iban cayendo poco a poco. Cuando esto sucedía, Josué y los suyos retrocedían en la batalla. Entonces Aarón y Jur sentaron a Moisés sobre una piedra -piedra en la Escritura es imagen de la Ley- y este gesto profetiza a Jesucristo, Señor de la Ley, a la que ha venido a dar perfecto cumplimiento. Es decir, abocar la Ley a la misericordia (Mt 5, 17), y una vez que Moisés se sienta en la piedra le sostienen los brazos uno a la derecha y otro a la izquierda.

Si a Moisés los que le sostienen a la derecha y a la izquierda con los brazos en cruz serán Aarón y Jur, a Jesús los que le sostendrán a la izquierda y a la derecha de la cruz serán dos ladrones, la fuerza de su amor a los pecadores. Este cansancio de Moisés, bajando los brazos en cruz, es una tentación que ha sufrido y sufrirá siempre la Iglesia, pues hay momentos en que la cruz es incómoda y aparentemente insufrible. Por lo demás, Jesucristo también sufrirá esta tentación, cuando, crucificado, oye que le dicen: «Baja de la cruz y creeremos en ti» (Mt 27, 40-43).

Las odas de Salomón son un conjunto de himnos litúrgicos que los primeros cristianos cantaban en sus asambleas, especialmente la Eucaristía. Uno de esos himnos dice así: «Extiendo mis manos y grito al Señor: ¡Abbá, Padre mío! En tus manos encomiendo mi espíritu». Con este canto los cristianos proclamaban la victoria de Jesucristo sobre la muerte, ya que los hombres pudimos martirizar su cuerpo más no su Espíritu, como Él había afirmado anteriormente: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mt 10, 28).

Así pues, cuando Jesús exclama en la cruz «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46), está haciendo una auténtica proclamación de su victoria, de su amor al Padre, del amor del Padre hacia Él, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Lc 20, 25). En definitiva, en la cruz podemos ser despojados de todo: bienes, afectos, libertad y hasta del mismo cuerpo, pero no pueden tocar nuestro espíritu, porque también y en cada momento martirial de nuestra vida podemos proclamar victoriosamente con Jesús: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».