Bluey

Escucho con frecuencia que las series infantiles de antes eran mejores. Es cierto que ahora hay series bastante regulares y la nostalgia, quieras que no, entra en juego a la hora de hacer esa valoración. Pero en mi infancia, al menos, no había ninguna serie tan brillante como Bluey. Cuando la echan en televisión, más de una vez me siento con mi hija a ver algún capítulo. Y en cada uno de los que he visto siempre encuentro algo que me llama la atención.

 

La magia de lo cotidiano

El creador de Bluey, Joe Brumm, se inspira en sus propias experiencias familiares para escribir los guiones. Este realizador australiano ambienta en su país las aventuras de la familia protagonista, mediante una bonita animación bidimensional desmarcada del 3D dominante, que resulta frío si no está pulido.

Bandit y Chilli son los padres de Bluey y de su tierna hermana Bingo. Son padres que a veces discuten y otras meten la pata, algo bastante literal, porque son perros. Pero están muy unidos, en particular en la crianza de sus hijas, cuyas emociones respetan y a quienes proporcionan autonomía. Utilizan juegos para educarlas, propiciando un aprendizaje que acaba siendo bidireccional.

La serie trata temas cotidianos, ni más ni menos. Y a partir de situaciones corrientes plantea historias divertidas, de unos pocos minutos, que tienen potencial para enganchar a niños y padres. Aunque se emite en Disney, hasta la fecha la serie no ha realizado concesiones ideológicas. Se centra en valores universales, como el afecto hacia los abuelos o la amistad, desde el eje de la familia.

El padre de Bluey es uno de los personajes estrella. Bandit es un tipo bromista, plenamente implicado en el cuidado de sus hijas. Ahora que se habla tanto de paridad, en ocasiones, se olvida que el modo de ejercer la paternidad también ha cambiado y por eso me gusta especialmente este personaje, porque como padre nunca me he sentido en un lugar secundario.

 

El cartel, una joya del entretenimiento infantil

El pasado mes de abril se estrenó un capítulo de casi media hora de duración, titulado El cartel. Era un desafío, teniendo en cuenta que los demás no llegan a diez minutos. Este episodio consta de dos hilos narrativos. Por un lado, hay una boda a punto de irse al traste, que intenta salvar Chilli. Y, por otro, está la venta de la casa familiar, porque Bandit ha encontrado un trabajo mejor en otra ciudad y planean mudarse.

Bluey: El cartel

Bluey no quiere dejar el sitio donde han crecido. Tampoco Chilli, pero piensa en lo más adecuado para su familia. A Bluey le consuela escuchar en clase un cuento acerca de un granjero, que encierra una bonita moraleja sobre aquello que consideramos suerte. Su maestra, Calypso, le dice que todo saldrá como debe.

Este capítulo largo tiene esa capacidad de tocar la fibra sensible de Pixar en sus mejores tiempos. Si eres de llorar, no está de más que tengas un pañuelo a mano. Al igual que el resto de episodios, este especial es mucho más que un mero pasatiempo, que es lo que ofrecen algunas series infantiles. Cuenta una historia emocionante y divertida, que trata de cosas que suceden en la vida, que nunca sabes si serán buenas o malas. El resultado es sobresaliente y espero que sea el preludio de esa película que tal vez llegue en un futuro.