En manos del Padre

Esta semana hemos conocido la noticia del fallecimiento de Tomás Cremades, colaborador de esta web. Era algo que nos temíamos desde hacía unos días, tras un correo sin respuesta, y que nos ha confirmado el padre Antonio Pavía, a cuya comunidad pertenecía Tomás.

Me resulta difícil expresar en unas líneas nuestra gratitud hacia este amigo. Tomás comenzó a escribir en Camino de Emaús en 2014, pero nuestra relación había empezado unos años antes. Son decenas de textos los que ha publicado, hasta el último que envió en marzo, casi coincidiendo con el inicio del confinamiento por esta pandemia que se lo ha llevado. Lo que más me sorprendía de sus artículos, aparte del amplio conocimiento sobre la Escritura que evidenciaban, era el convencimiento que se palpaba en cada párrafo. Cualquier cristiano debería aspirar a llegar a la última etapa de su vida con una fe tan madura y confiada.

Después del padre Antonio Pavía, Tomás ha sido nuestro colaborador más prolífico. Deja un vacío imposible de llenar. Todos estos años he sido testigo de un entusiasmo por transmitir la Palabra que ejemplificaba, a la perfección, el precepto evangélico de dar gratis lo que gratis se ha recibido. Recuerdo que incluso en una ocasión tuve que pedirle que espaciara más sus textos, porque no me daba tiempo a subirlos.

Aunque Tomás no siga acompañándonos, una parte de su legado queda aquí. Sus artículos siguen leyéndose, especialmente el titulado -qué casualidad- Las tres resurrecciones de Jesús. Sus huellas eran profundas y permanecerán en el camino que nos ha ayudado a recorrer a nosotros y espero que a muchos de los que nos leéis.

A continuación, transcribo un fragmento de una carta de despedida que un amigo le dejó en su muro de Facebook y que me ha emocionado: «Tu impronta de persona íntegra, capaz, honesta y comprometida con el prójimo, a la par que cariñosa, ha quedado bien patente. Te aseguro, amigo, hermano del alma, que no morirás nunca, al menos en nuestro recuerdo. Espérame en ese Cielo del que tan encendidamente me hablabas y del que, seguro, felizmente disfrutas. Adiós, Tomás, hasta siempre».