El arpa birmana es una película que me provoca sensaciones encontradas. Está muy lograda en algunos aspectos y en otros no tanto. La semana pasada la vi por tercera vez y me he decidido a dedicarle este artículo, aunque ya en 2019 reconocimos la importancia de este largometraje que ha perdurado en el tiempo, incluyéndolo en una lista de filmes antibelicistas que, por desgracia, ahora es más de actualidad.
La trama transcurre en el contexto de la invasión japonesa de Birmania, durante la Segunda Guerra Mundial. El cineasta Kon Ichikawa adaptó libremente un libro infantil de Michio Takeyama. La cinta cuenta los avatares de una unidad militar japonesa que utiliza la música para levantar el ánimo. Ayuda mucho el talento del sargento Mizushima, quien toca el arpa birmana tirando de sensibilidad, pues no tiene formación musical. Cuando los soldados del batallón reciben la noticia de la rendición de su país y son hechos prisioneros por los británicos, Mizushima es enviado en una misión de paz, pero fracasa y es rescatado por un monje budista birmano.
La historia bélica de Japón en el siglo XX tuvo capítulos tan atroces como la invasión de Birmania. Eso hace más que cuestionable la ingenua representación del regimiento al que pertenece Mizushima. La novela es más abierta en relación a la responsabilidad del país asiático en la contienda. En esta versión cinematográfica, no obstante, hay elementos de descargo para Ichikawa. Por un lado, muestra a una beligerante compañía cegada por el conflicto, que se niega a deponer las armas, pese a los intentos de Mizushima. Por otra parte, el desinterés del realizador por entrar en temas políticos queda patente en su humanista retrato de los enemigos occidentales.
La narración es irregular y, con frecuencia, pone las cartas sobre la mesa de una manera evidente. Pero es difícil resistirse al lirismo de esta película. Contiene imágenes muy bellas e igualmente destaca su gran banda sonora. La música es lo que mantiene vivos a los soldados japoneses lejos de su hogar y es presentada como un lenguaje común, incluso entre contendientes, apaciguados al escuchar los acordes del enemigo, aunque no entiendan lo que cantan sus oponentes.
El hilo conductor del relato es el viaje espiritual emprendido por Mizushima de forma fortuita, tras robar la túnica del monje que le ha cuidado. Espera no ser reconocido como soldado, algo que constata haber logrado cuando unos campesinos birmanos con los que se cruza, ignorando que es un extranjero, le rinden sus respetos y le dan comida. Mizushima, conmocionado por la crudeza de la guerra, empieza a canalizar su desolación. El hábito lo reviste, proporcionándole una renovada conciencia que impulsa su compasión frente a la maldad.
El improbable monje se propone dar sepultura a sus compatriotas caídos, que están desperdigados en desiertos campos de batalla donde reinan el silencio y la deshumanización. Para su cometido se siente interpelado por un funeral cristiano oficiado por los ingleses, que observa desde la distancia. Le conmueve escuchar el canto de un grupo de monjas y el modo en que se dignifica la memoria de los caídos, también de los enemigos. Su encuentro con otras culturas y religiones es clave en un proceso de transformación que, en ningún caso, le hace olvidar sus raíces.
El protagonista de este film, en realidad, siempre fue un pacifista. Es alguien arrastrado a la guerra por la irracionalidad de otros. Traumatizado por lo que ha vivido, se convierte en un hombre reflexivo. No comprende el mal, pero actúa sin entenderlo, recorriendo Birmania con el áurea que le da su condición de monje. Ha dejado atrás las armas y solo porta su arpa birmana, que es ya lo único que le permite expresarse. La música es, en sus manos, un arma para humanizar. De su historia se desprende que el arte no entiende de idiomas ni de fronteras, porque es un lenguaje universal que llega al alma.