Una de las noticias del inicio del curso escolar ha estado a las puertas de un caro colegio privado de Madrid, donde una conocida pareja de políticos españoles ha escolarizado a sus hijos, tras años atacando a este tipo de centros y a los concertados desde la ideología marxista. Dentro de lo extraño del caso, ni que decir tiene que pueden llevar a sus hijos donde quieran, pero los demás también podemos hacerlo, preferiblemente sin ser descalificados por ello. Aunque a mí eso me importa un bledo. Lo que no me gusta es que se creen absurdos enfrentamientos entre la educación pública o la concertada, como si elegir una implicase ir en contra de otra. La vida no se escribe en código binario.
Una cosa son los ideales y otra predicar con el ejemplo. Eso lo reflejó con mucho humor el alemán Ernst Lubitsch en la divertida comedia Ninotchka, en la que tres camaradas soviéticos viajan a París para vender unas joyas confiscadas a la gran duquesa Swana durante la Revolución rusa. Nada más llegar a la capital francesa empiezan a ser seducidos por el capitalismo y se instalan en un hotel de lujo. Para poner orden es enviada Ninotchka, una rígida mujer totalmente entregada a los intereses del pueblo. Lo que no esperaba en París es ser cortejada por un aristócrata francés.
La película tiene un guion realmente ingenioso. Billy Wilder y Charles Brackett fueron dos de los guionistas y, al parecer, Lubitsch igualmente aportó mucho. Juntos escribieron una aguda parodia del comunismo, enfrentado aquí a los placeres burgueses. La cinta fue rodada con mucha elegancia por Lubitsch, quien poco después dirigiría otra afilada sátira política en Ser o no ser, esta vez contra el nazismo.
En Ninotchka la parodia se mezcla con la comedia romántica que protagonizan Greta Garbo, como la bolchevique Ninotchka, y Melvyn Douglas, interpretando al conde León. Para Garbo fue su penúltima aparición en el cine, antes de retirarse, cansada de Hollywood. En esta historia el personaje de Douglas reclama que la propiedad de las joyas que quieren vender los soviéticos es de la gran duquesa Swana. Luego se enamora de Ninotchka, justo la designada para resolver el problema de las joyas. Pero la venta pasa a un segundo plano por su romance, que es entorpecido por el interés de Swana por León.
El largometraje ironiza sobre el modo en que los totalitarismos tratan de despojar a las personas de sus propios deseos e ideas en favor de un bien supremo, en este caso el estado, cuyos dirigentes en la URSS vivían como reyes. Como reyes laicos, claro. Al principio del film, los camaradas planean justificar que van a alojarse en la ostentosa cámara real del hotel, por su gran caja fuerte para guardar las joyas. Cuando uno de ellos propone dividirlas y quedarse en un cuarto pequeño más acorde con sus ideales, añadiendo que «es una idea», otro responde: «Sí, es una idea, pero quién dice que tengamos ideas».
El marxismo promulga el no a la educación concertada, porque es elitista, aunque haya escuelas concertadas en barrios de clase trabajadora, por ejemplo, en el que yo crecí. También dice que nada de vivir en un chalet -ellos sí, pero tú no-, porque es insostenible medioambientalmente, aunque el chalet tenga árboles y sea más bonito que esas colmenas de viviendas soviéticas de la Europa del Este, sin apenas ornamentos o elementos que las diferencien. Para no creer en una vida mejor, podrían habérselo currado más en esta.
Y, por supuesto, desde algunas corrientes marxistas la fe es algo que debe relegarse al ámbito de lo privado, de puertas para dentro, sin molestar a nadie. Eso, no obstante, era más fácil en la Rusia de Stalin que en Sevilla un Viernes Santo. La libertad individual es un derecho básico defendido por Ninotchka. A fin de cuentas, ¿cómo vas a ser coherente con un ideal si no eres libre para elegirlo?